El domingo pasado me fui de cita con un chaval que era arqueólogo. Bueno, había estudiado la carrera de Historia, pero estaba haciendo un máster de Arqueología, creo. Lo que recuerdo seguro es que había estado varias veces en Sicilia desenterrando huesos. Huesos humanos, de griegos. Como se me da muy mal la geografía, me reí y le dije: “Joder, me creía que Sicilia era una isla italiana”, y claro, me tuvo que decir que lo es, pero que había habido colonias griegas antes y, bueno, hay restos suyos bajo el suelo.
Era una cita Grindr, en el sentido de que le conocí por Grindr, pero no fue una cita Grindr en el sentido de que no se hizo lo que se suele hacer. En su lugar, caminamos un poco por el paseo, para luego sentarnos a tomar una cerveza y luego dar una vuelta a la vera del río antes de que cogiese el bus de vuelta. Vaya, que no fue un ‘aquí te pillo aquí te mato’, como suele ser habitual. Aunque en cierto modo sí que lo fue, porque me pilló allí mismo (nos besamos), y luego yo le maté a él metafóricamente, tan solo con mi pensamiento convencido de que no me había gustado y que no nos volveríamos a ver nunca, pese a lo que la cálida despedida pudiera haberle dado a entender.
El chaval no tenía nada malo. Escuchó con paciencia mis ralladas mentales acerca del uso de app de citas como Grindr para buscar sexo o amor en el siglo XXI, y se tragó un repaso por mis movidas actuales acerca de trabajo o vivienda. Era buen escuchante, como yo. También valoré mucho que se hubiese cogido un autobús desde Marbella. Yo, como le dije, hace tiempo que ya no hago esa clase de sacrificios por conocer a un chico. De coger medios de transporte nada. Ni en broma. ¿Por un chaval de Grindr? Qué va.
No, la razón por la que le descarté fue sobre todo física. Al final es que soy un superficial. Era un chico grande, sin llegar supongo al sobrepeso, pero digamos que grande. Me llamó la atención también su nariz fina, que pensé que tal vez tendría relación con el tono nasal de su voz, en el que no pude evitar reparar. Tampoco me agradaba lo peludo que era: pelo largo, que generalmente no me gusta en hombres, y poblada barba, que tampoco suele ser de mi agrado. Se lo hice saber cuando en determinado momento le dije: “Eres el chico más peludo con el que me he liado nunca”. “No sé cómo tomarme eso”, dijo, muy avispado. “Es solo un dato”, mentí yo.
Lo que me había llamado la atención de él antes de quedar fueron sus capacidades conversacionales avanzadas (capacidades de persona normal, pero que en Grindr suponen una ventaja frente al resto de infraseres que lo habitan), y sus dos misteriosas fotos de perfil en las que no se le veía del todo la cara pero sí el cuerpo, realizando el esfuerzo físico de cavar con una pala. Tal y como le transmití por escrito, me hace gracia ver a gays con sexy manual labor jobs, tipo un gay que trabaja en la obra, o un gay bombero. O un gay que sabe usar martillos y tornillos, como el novio de Arca. No, claro que no tiene nada de raro ni de especial, pero a mí me hace gracia, y además es sexualizable. En fin, era solo una broma.
Quizá lo peor de todo fue que me pareció escucharle la respiración demasiado fuerte conforme andamos. No creo que anduviéramos mucho. Hombre, nos cruzamos buena parte del paseo marítimo, pero a mí eso no me parecía excesivo. Cuando caminamos por la orilla del río, alejados del ruido blanco del mar, pude oír su respiración, que noté acelerada, y como le vi algo anchote, pensé que sería por falta de práctica. O sea, señal de que no estaba muy en forma. Sí, soy imbécil, porque esto se puede deber a cualquier otro motivo; quizá fuese porque su nariz es patológicamente fina, por lo que debe hacer mayor esfuerzo para inspirar. Soy imbécil y superficial, pero bueno, lo que no soy es poco generoso.
Nos liamos como tres veces. Le dejé besarme, vaya. Yo no sentía ninguna atracción por él. Pero es que, después de todo el esfuerzo realizado por ambos, y debido a mi convicción de que necesito abrir la mente y atreverme a experimentar con personas que no encuentro destacables según su físico, probé a ver si un beso despertaba en mí alguna conexión. No. Cero. No me parecía feo, pero tampoco me atraía.
En algún momento le pregunté que por qué él decidía seguir en Grindr pese a todo lo obsceno y ridículo de la app. Me dijo que al final Grindr era más entretenida que cualquier otra como Tinder o Bumble, precisamente por lo surrealista que es. Ahí tiene un punto. Hacer swipe en Tinder es lo más aburrido que puede haber. También me dijo que siempre que vuelve a Sicilia con el grupo de estudio, los sicilianos le dicen por Grindr que por favor no vuelva allí. No porque le odien, sino porque no entienden cómo alguien iría por voluntad propia a un lugar con tanta precariedad económica y falta de oportunidades para los jóvenes. No entendí cuál era la diferencia entre Sicilia y la Costa del Sol. Pero él seguía yendo a Sicilia, porque allí había unos huesos interesantes que desenterrar y solo se quedaba temporalmente.
El camino de regreso a la estación de buses lo hicimos hablando todo el rato. No intentó besarme de nuevo, tal vez porque ahí sí había gente alrededor y podría pensar que a mí me daba corte besarme en público. No, me da igual eso, pero yo me alegré de que no lo intentase de nuevo.
Hablamos de temas universitarios o de la diferencia entre histórico e historiográfico. También descubrí que en España existe una Academia de la Historia, como la RAE, pero para la Historia. Me hizo gracia porque me imaginé a unos señores dictando qué ocurrió y qué no según les plazca. Me comentó que tanto en la RAE como en esta Academia de la Historia hay fachas, como uno que suscitó un escándalo muy sonado cuando en la biografía que escribió sobre Franco no le definió como un fascista, sino como un… no me acuerdo cómo lo definió. Algo así como un conservador autoritario, no sé. Estuvo graciosa la conversación, de ahí el retorno de un pensamiento que tengo a menudo y es, por qué demonios no puedo ser un poco más sapiosexual en lugar de ser un superficial de mierda, o un estrecho, no sé.
Bueno, antes de hablar de Franco, me preguntó que si tenía algún gusto especial. Algún fetiche, vaya, pero no lo denominó así. Le dije que no, que no me van para nada las frikadas que uno suele encontrar en Grindr. Que no me gustan especialmente los pies, ni nada de eso. Tendría que haberle preguntado qué parte del cuerpo le gusta más encontrarse en una excavación. No obstante, mezclando verdad con comedia, sí que acabé nombrando una retahíla de cosas, como personajes animados de Disney Channel del palo de Danny Phantom o Jake Long, furros con abdominales o esposas de policía. No porque haya practicado nada, sino porque me podrían llegar a llamar la atención. “¿Ves como al final siempre sale algo?”, me dijo. “Jolín, pues sí”, contesté. Él me dijo que le interesaba el rollo de la dominación. Algo que encuentro respetable, pero que me produce cringe por imaginarme siempre a una dominatrix (una graciosa, tipo la de la serie Bonding (2019) de Netflix), y por lo de las palabras clave, que siempre van a ser graciosas ya que cualquier palabra que se pronuncie con ese contexto va a tener algo de gracioso o absurdo, sobre todo si es una como “aguacate” o “cortacésped”.
Pues nada. Volvimos, cogió el autobús y se fue, expresando su interés en seguir hablando pese a yo volverme a Madrid. Nos habíamos dado el Telegram, y le dije que me hacía gracia que me hubiese facilitado ese método de contacto en lugar del Instagram o el WhatsApp porque esta era la red social de los bots rusos y las criptomonedas (es broma), aunque él no era para nada un bot.
Yo me quedé totalmente frío. Me subió un poco la autoestima ver como alguien sentía atracción por mí, pero a mí me dio motivos para eliminarme Grindr dada la constante decepción que me aporta. Hubo besos y hubo alguna cachetada en el culo. Yo no sentí nada. Era huesos.
No sé si algo de Grindr (las conversaciones, las fotos de perfil, las bios…) perdurará de alguna forma en el futuro (tal vez en informes del servicio de inteligencia israelí), pero espero que algún arqueólogo digital lo revisite en algún momento. El circo que hay dentro de esa app puede desvelar muchísimo más de la naturaleza humana de lo que podrían contar nunca nuestros cuerpos fosilizados en ámbar. Creo que quiero visitar Sicilia.

