De Warhol a Yurena: legado de los primeros hackers culturales
Una pequeña tesis sobre el hacking cultural como incipiente disciplina social que puede servir a artistas, revolucionarios o pensadores para burlar al establishment y conseguir cambios sistémicos.
Cuando pienso en por qué me empeñaba tanto en hacer arte, en hacer música, pese a no tener un talento natural para ello, me doy cuenta de que mi objetivo nunca fue el de crear una obra relevante en cuanto a brillantez o genialidad artística, sino simplemente conseguir notoriedad e influencia por el mero hecho de demostrar que alguien sin el talento o la capacidad innata necesaria también es capaz de alterar el panorama cultural. Yo en realidad nunca he querido ser artista. Lo que he querido (y sigo queriendo ser) es hacker cultural.
El tema está de más actualidad que nunca (aunque aún no os haya explicitado del todo cuál es). Con producción de Los Javis, se ha estrenado en Netflix Superestar, serie sobre el fenómeno del Tamarismo de los años 2000 en España. Esta no es una serie sobre cantantes ni sobre artistas. Es una serie sobre hacking cultural. Porque si hay algo en lo que la mayoría de gente puede estar de acuerdo, es en que Yurena, entonces Tamara, no tenía ningún tipo de talento, y sin embargo, esto no le fue impedimento para lograr el estrellato.
¿Y por qué lo consiguió entonces? Porque Tamara, al más puro estilo warholiano (tal y como Mario Vaquerizo y Alaska eran capaces de ver desde el principio) era una hacker del sistema. Tanto si era consciente de ello como si no, los pasos que dio en todo momento para intentar colarse en nuestras vidas por cualquier rendija, corresponde a la estrategia que seguiría un cultural hacker profesional para introducirse en la esfera cultural, pese a que nadie le haya invitado y, de hecho, no ser bienvenido.
Estoy hablando de las personas que quieren ser famosas porque sí, un fenotipo o categoría social que me resulta fascinante (Soyunapringada también podría hablar largo y tendido sobre este tipo de personas). El retrato que hace la película Pearl de este esquema mental también es una referencia válida. Por un lado, podemos entender este fenómeno como algo totalmente vacío y estéril, producto de una mentalidad moldeada y precarizada por la narrativa neoliberal. Pero, por otro, podemos considerar a estas personas como hackers culturales en potencia, antes siquiera de que existiese la idea (concepto que, de hecho, no sé hasta qué punto está desarrollado en el sentido que aquí le estamos dando).
Mucho más que “growth hacking”
Si escribimos “hacker cultural” en Google, vemos que el buscador no nos entiende del todo y nos remite muchos enlaces a artículos sobre “cultura hacker”, que no es lo que aquí estamos tratando (aunque guarda relación).
Sí que pueden salirnos un par de páginas que nos hablan del hacking cultural como una forma de causar impacto en la cultura empresarial. Por ejemplo, este artículo de LinkedIn en la que una trabajadora de Recursos Humanos dice ser “culture hacker (corporativa)”. “Desde hace más de 15 años diseño, desarrollo y evoluciono la estrategia central de innovación a la que hace varios años nombré Culture Hacking, de la cual deriva mi identidad como consultora corporativa”. Vemos, pues, que culture hacking puede haber caído en una suerte de denominación comercial patentada que lejos queda del ambicioso significado que podría abordar, de no ser consumido por esta lógica corporativa.
ChatGPT sí que parece comprender más a qué nos referimos. Preguntándole “¿qué es un hacker cultural?”, la IA nos dice: “Un hacker cultural es alguien que interviene o modifica códigos culturales, símbolos o narrativas dominantes para revelar contradicciones, generar conciencia crítica o subvertir estructuras de poder”.
Otra forma moderna de emplear esta idea de culture hacking puede ser la de los caros cursos online que te enseñan a ser un experto en una nueva disciplina, la del “growth hacking”. En este caso, el growth hacking se refiere a una moderna técnica de marketing que consiste en un “conjunto de estrategias y técnicas que buscan promover un crecimiento acelerado mediante la captación de grandes volúmenes de clientes a bajo costo”, según el blog de Hubspot. Aunque suelo aborrecer todo el aparato teórico del marketing, es cierto que esta definición me gusta un poco más. Si le quitamos esa enfermiza obligación de vender producto o “captar clientes” que implica el marketing, lo que nos queda es un “conjunto de estrategias y técnicas que buscan promover un crecimiento acelerado (de lo que sea, por ejemplo, de la fama) a bajo costo”. Y es más: definiciones de otros portales incluyen la noción de “métodos creativos”, indispensables para lograr dicho crecimiento rápido. Los métodos de los hackers NECESITAN ser creativos, ya que para robar información de un servidor, evidentemente, no suele bastar con entrar por la puerta principal, sino que hay que buscar el conducto de ventilación, o el cuarto de la basura…
Esta definición sí que encaja más con lo que a mí me interesa, que es el hacking cultural y la cultura hacker en sí. La cultura hacker se asocia a la parte de “a bajo costo”, ya que los hackers (refiriéndonos, aquí sí, a los expertos en informática), son capaces de realizar acciones increíbles sin necesidad de gastar mucho dinero (a menudo les basta con un portátil o con un Flipper Zero para conseguir objetivos). El ámbito cultural se enlaza con la idea de crecimiento acelerado, en cuanto a impacto acelerado, sobre la cultura. Es decir, hackear el sistema para entrar en la esfera de conocimiento o influencia, del universo cultural de un país, grupo o región que, al igual que los servidores de una empresa, suele estar fortificado y amurallado con una serie de códigos que impiden el acceso a entidades no autorizadas. En el caso de los 2000, los magnates de la industria discográfica eran los firewalls, los gatekeepers, manteniendo el control del panorama musical. Tamara fue un exploit, un virus, que logró colarse en las listas de éxitos sin la aprobación de estas figuras. Una hacker, vaya.
¿Y cuál fue el “conjunto de estrategias y técnicas” que, por tanto, tendría que haber seguido Tamara para ser juzgada como hacker cultural profesional? Pues la falsa narrativa de su embarazo con el vidente de verduras (indudablemente creativa), sus incansables viajes a Madrid e incesante llamamiento a puertas, que se le cerraban en la cara excepto la de aquella agencia de talentos de poca monta, dirigida por Arlequín (Todo ello, al menos, según el lore de la serie). Es decir, que Tamara practicó el hacking cultural, tanto si fue a posta como si no (ella dice que fue el vidente el que se inventó lo del embarazo y no ella). El caso es que lo hizo todo para conseguir la fama, y cumplió su objetivo, pese a no estar predestinada para ello, al igual que se supone que un hacker no debería ser capaz de acceder a los datos privados de una persona o empresa.
Andy Warhol, ¿el primer hacker cultural?
Llegados a este punto, entenderéis la relación entre Tamara/Yurena y Andy Warhol, que ya establecía el periodista Rafa Rodríguez en su columna “La luna” en el diario El Mundo, en el 2000 o 2001 (no estoy seguro porque no viene indicado). “Sí, Tamara sabe quién es Warhol y, sí, está dispuesta a aprovechar esos 15 minutos de fama que el mesías del pop profetizó para cualquier mortal”, decía el redactor. Aunque no estoy seguro sobre si lo de que supiese quién es Warhol es literal o no, lo que nos viene a decir es que Tamara sería un proyecto warholiano de haber nacido en Estados Unidos.
Andy Warhol, con su ideación del arte pop, se hinchó a vender piezas producidas en cadena, idénticas en sí mismas, que muchos críticos verían como productos sin ningún tipo de contenido artístico, que son arte simplemente porque el artista lo dice así; un poco también a lo Marcel Duchamp.
Creo que Warhol fue uno de los precursores del hacking cultural: Warhol quería ser famoso sí o sí. Seguro que muchos cuestionarían que tuviese el mínimo talento. Sin embargo, él demostró que la fama y el impacto cultural se podían lograr pese a no estar uno invitado a la fiesta. Tan solo hay que dar con esas pícaras técnicas y estrategias que le abran a uno las puertas de los círculos adecuados, facilitando así llegar al lugar correcto en el momento correcto, que es el punto en el espacio en el que el sueño se hace realidad y se produce la metamorfosis.
El hacking cultural puede adquirir el rango de ciencia, defiendo aquí, puesto que incluye elementos de ingeniería social (por ejemplo, esconder tus intenciones hasta que sea demasiado tarde para que la reacción adversa surta efecto). Tamara/Yurena también fue una hacker exitosa, (que no cantante exitosa). ¿Y quién más ha sido o es hacker cultural? Pues eso ya pueden imaginarlo ustedes. Soyunapringada hackeó la cultura cuando se desabrochó y se buró de Pablo Motos en el Hormiguero con un meme impreso en su camiseta. Samantha Hudson hackeó la cultura cuando publicó su tema “Maricón” en YouTube, que no despuntó por su complejidad estilística o compositiva, sino por su fuerte impacto, que le costó incluso un toque de atención por parte de la institución eclesiástica. C. Tangana también hackeó la cultura, llegando a lo más alto pese a no tener talento vocal ni maestría en instrumentos, como él mismo ha dicho varias veces. Cuando este cantante presume de haber conseguido su sueño “sin cantar ni afinar”, como recita en su tema Un veneno, no se trata de un vacile vacío o de una prepotencia descarada. Tiene motivos para sacar pecho de su hazaña, porque no es que se trate de un mindundi con suerte, sino que se revela a sí mismo, aunque no use este término, como hacker cultural. Logró permear la cultura pese a no tener las puertas de las multinacionales abiertas desde el comienzo. Influenció El Mal Querer de Rosalía, disco de más impacto en España en las últimas décadas, lo que equivaldría a un potente virus informático que consigue infectar millones de ordenadores en España y en el extranjero. Es un hacker de éxito.
El arte de lograr la fama, en contraposición con el arte de lograr la mejor técnica vocal, de pulir las mejores dotes interpretativas o de pintar los mejores cuadros, es una ciencia, la ciencia del hacking cultural. Disciplina que debería salir del encorsetamiento del marketing para convertirse en una herramienta que pueda ayudar a causa sociales y políticas a lograr el impacto que necesitan, dando un paso mas allá de la ya aburrida fórmula de manchar con pintura obras famosas en los museos para llamar la atención sobre el cambio climático o el maltrato animal. Los revolucionarios (del palo que sean) necesitan, o bien convertirse, o bien ayudarse, de hackers culturales.






