Mi experiencia como estudiante de 42
El misterio y aura futurista (y sobre todo gratuidad) de esta escuela de programación que en España hospeda Telefónica me llevó a hacer una de sus piscinas en febrero de este año.
Fue casi de una semana para otra. En algún punto del pasado febrero, mientras la idea de un futuro incierto en periodismo me aturdía la cabeza, y la sensación de que de no hacer algo pronto mi idea de arrancar con la programación caducaría, encontré en Google eso que se llamaba 42 y que ofrecía Telefónica. Leí un par de artículos en prensa. “El Silicon Valley español”. “Universidad gratuita para genios de la informática”. Cosas así leí. Joder.
Yo había tocado algo de programación (una cosa mínima) en la carrera de Periodismo, ya que en una asignatura cuyo nombre no recuerdo aprendimos algo de HTML o CSS. A mí esto no me pareció del todo alienígena, ya que había sido uno de esos chavales con Tumblr que habían intentado tunear el tema de alguna manera tocando el Javascript o el CSS de la plantilla. También en Wordpress o en Blogger, aunque creo que siempre con pobres resultados (pero alegría cuando conseguía insertar un reproductor de música o cambiar tal color del tema).
El background
Ya en esa clase vi que aquello parecía no serme tan ajeno como sí lo era para otros compañeros. Viendo que eso de la programación parecía tener muy buen futuro y que, según decían, también tenía un fuerte componente creativo, me hice un perfil en Codecademy y en alguna ocasión en los años siguientes me hice algún curso online sobre Python, sin nunca profundizar mas allá de lo esencial. También husmeé en algunas páginas de autoaprendizaje gratis como FreeCodeCamp. Algo que me resultaba muy excitante del mundo de la programación es que cualquiera podía aprenderlo gratis, a distancia, gracias a los miles de recursos gratuitos que la gente ha puesto en Internet (también empresas e instituciones, hay que decirlo).
Sin embargo, nunca llegué lejos con ninguno de estos cursos online. Tenía muy poca motivación, y de todos modos siempre estuve trabajando de periodista aquí o allí, así que tampoco sentí una necesidad imperiosa de ponerme a tope con ello. Un compañero de la uni, en cuanto acabó la carrera, se metió a un doble grado de DAW, y siempre le envidié en cierto sentido, aunque yo estaba también contento de ir trabajando como periodista. Pero la enorme precariedad y la falta de perspectivas a futuro me hacían recordar cada x tiempo que eso de la programación había despertado mi curiosidad, y que permanecía como un potencial inexplorado. Pero es que, con 26 años, me veía mayor para meterme en un doble grado (sé que esto es una tontería), y sobre todo, no sabía cómo organizarme para hacerlo ya que necesitaría estabilidad laboral para mantenerme en Madrid mientras lo hacía y eso era algo imposible de conseguir.
También me hice algunos cursos de Ciberseguridad de Google en Coursera. Me costaron un dinero y encima no los terminé, pero ya comprobé con ellos que el rollo terminal Linux me parecía guay. Todo aquello ayudaba a sentirse inteligente a una persona que, por venir de periodismo, arrastra una especie de complejo por tener un conocimiento no tan especializado. Eso es lo peor de estudiar Periodismo, pese a que tiene cosas buenas, claro.
Así todo, programar siempre fue como un plan B aplazado hasta el infinito. Eso, hasta que me topé con 42.
El por qué
Yo amo las letras y no se me dan bien las matemáticas, pero siempre ha habido algo en la cultura hacker que me parecía muy, muy guay. Mi atracción hacia la programación no se debía a un gusto real por la lógica o el software, sino a una pulsión estética. Mr. Robot, Matrix, Código Lyoko, Tron. Nadie en su sano juicio se metería a estudiar Medicina solo porque es fan de Scrubs o Anatomía de Grey, pero creo que en programación sí pasa más de lo que podemos pensar.
Además, perfiles como Edward Snowden o historias como la de Wikileaks me habían convencido de que podía haber un nexo entre periodismo y programación. A eso le sumas que escuché en una entrevista a Jacob Applebaum, otro híbrido entre hacker y periodista, decir que el periodista del futuro debía ser también programador. Suficiente para convencerme.
En realidad, puedo nombrar todavía más conexiones con el tema IT. Por ejemplo, para mi TFG me leí varios libros de Marta Peirano, periodista española especializada en tecnología y software libre, y ya en su día me pareció la caña.
“Estoy dentro”
El objetivo era poder pronunciar esa frase estereotípica de las películas de hackers, “estoy dentro”. Mas tarde descubriría que, precisamente, lo que tiene 42 es que, más que una escuela de programadores, es una escuela de hackers, por lo que no iba yo tan desencaminado con esta mentalidad.
Había que hacer dos ejercicios por Internet para conseguir un pase a la piscina. Los hice. Me salieron mejor de lo que esperaba, pero tampoco pensé que había llegado lejos. Dudé del resultado. Al final me llegó el mail diciendo que me habían aceptado para hacer la piscina de febrero-marzo en 42 Madrid.
Llego a la piscina, y esto sin dejar mi curro a tiempo completo como redactor en ADSLZone, y el otro curro a media jornada que acababa de empezar y que también me requería subir algún artículo. Pero el teletrabajo y la picaresca me permitieron compaginar todo, y acabé haciendo una piscina intensa en la que acudí al campus (que está en el culo del mundo, por cierto) casi todos los días, y en la que aluciné, como casi todos, de la enorme cantidad de conocimiento que era capaz de absorber cada día. Un 0 en el primer examen. En el segundo solo hago un ejercicio, al tercero no me presento y en el cuarto consigo hacer cuatro ejercicios. Me congratulo a mí mismo por el esfuerzo realizado, pero temo que no será suficiente como para ser admitido como estudiante. Pues sí. Al final pude decir, “estoy dentro”.
Y usar esta frase con connotación hacker, en el sentido de, ojo, estoy dentro de un sitio en el que se supone que no debería haber entrado, es el más exacto. Comprobé en la piscina que era capaz de pillar algunos conceptos, pero yo no me sentía programador y no pensaba que pudiese llegar a convertirme en uno. Yo era un chaval de letras, con nula capacidad para las mates, que se había colado en un lugar para gente lista, como un periodista infiltrado, que iba a vivir desde dentro la experiencia y documentarla en algún momento, pero sin dejar de ser nunca un forastero, un extraño. Esa sensación aún no me ha dejado del todo.
Pero al mismo tiempo, y aunque tan solo había conseguido superar la primera prueba, la piscina, yo ya me sentía hacker. Había conseguido convencer al misterioso algoritmo que decide quién entra y quién no de que yo era válido, pese a que en realidad no lo era. Así pensaba y así sigo pensando en cierto modo.
8 meses después
El tiempo pasa volando, y ya estoy en camino de aguantar un año como estudiante. Digo aguantar porque de eso se trata, todo el rato. El duro sistema en vigor llamado black hole limita el tiempo que puedes permanecer en el campus, y de no aprobar los proyectos a tiempo, un día tu tarjeta dejará de funcionar y te habrás quedado en la puta calle.
42 huele a grasa corporal que hace brillar el teclado, y sabe a sándwich envuelto en plástico y a café de máquina. 42 es a veces más difícil en cuanto a habilidades sociales que en agilidad mental. 42 es excitante porque te demuestra que hay un potencial en ti que ni tú mismo sabías que estaba o, como mínimo, que minusvalorabas. 42 es frustrante, muy frustrante. Todo. El. Rato.
He aprendido mucho, y sí que siento que en 42 solo sobrevive gente inteligente, gente que realmente demuestra saber lo que hace. En mi opinión, su buena reputación está más que ganada (aunque lo de su reputación depende también un poco de a quién le preguntes).
No obstante, hay algo que no esperaba notar tanto en 42, y que sí percibo todos los días. Incertidumbre. Vivimos en un momento completamente loco, inestable e incierto a nivel económico. No sabemos por dónde van a ir los tiros. Me gustaría mucho ser capaz de disociarme de todo y confiar con fe ciega en que, solo con dedicarle todas las horas posibles, 42 resolverá mi carrera y mi futuro. No lo creo. No lo creo para nada.
Es una conversación común entre los estudiantes. ¿Realmente graduarte en 42 te garantiza todo lo que la narrativa publicitaria de Telefónica asegura? Y, sobre todo, ¿y si no logro terminar el common core? En mi caso, es totalmente posible. Puede ocurrir. Que me quede a medias, vaya. ¿Y entonces? ¿Sentiré que he perdido el tiempo, o no?
Salidas laborales, tendencias en el sector IT, despidos masivos, inteligencia artficial, ChatGPT, recortes, automatización, productividad, cuello de botella, graduados universitarios vs autodidactas… Esto es un bullicio, constante, del que no queda otra que separarse momentáneamente si queremos sacar partido de 42. Autoconvencernos, ignorarlo… o simplemente, ¿disfrutar? Si te gusta de verdad la programación, ¿acaso no es este lugar, abierto 24 horas y con máquinas de vending siempre repuestas de Kinder Bueno el cielo? Creo que eso es clave. 42 te da la oportunidad de descubrir si la programación te gusta realmente, o no.
¿Y a mí? ¿Me gusta? Creo que si no me gustase no habría llegado hasta aquí. Me habría dado por vencido antes. Hay algo que me pica, aunque sigo sin saber si es sobre todo lo estético lo que me atrae o el conocimiento de detrás. Es cierto que me gusta mucho la sensación que da decirle al ordenador que haga algo y que este lo haga. Los ordenadores son confiables. Si lo haces bien, ellos te hacen caso.
Pero también me gusta escribir. Es lo que llevo haciendo siempre, y mi problema ahora es que, o soy capaz de combinar ambas cosas, o le cierro la puerta a la programación. No estoy dispuesto a darle la espalda a la escritura o a la literatura. A estas alturas, no.
Una mili mental
Pienso en 42 como una especie de mili para la cabeza. O sea, el entrenamiento militar obligatorio, pero a nivel mental, porque te obliga, de pronto, a poner las cosas en orden y a tener una disciplina enorme. Lo de la disciplina… se cultiva poco a poco. 42 también es procrastinación. Estoy escribiendo este texto mientras debería estar trabajando en el Philosophers. Es lo que hay.
Pero una parte de mí se viene preguntando: ¿y si, harto de mí mismo y de mis pretensiones bohemias absurdas, me he metido en esto para intentar formatearme a mí mismo, y de alguna manera, destruir la persona que era antes? Soy super profundo, ya ves.
El otro día le pregunté a una compañera, que venía del lado del diseño gráfico y que solía dibujar, si no pensaba que la programación era demasiado rigurosa para una mente creativa. Lo que me dijo fue que para hacer buen arte es necesario tener reglas, y que a menudo las limitaciones son muy buenas para desatar toda la capacidad mental. Dijo que estar en 42 le había dado una solidez o estabilidad que encontraba agradable, y que el arte bueno es aquel que conoce reglas y que se ejecuta, de hecho, de forma casi mecánica, automática. Como si de la rutina más burocrática nacieran las mayores obras.
Yo también noto otra cosa: el conocimiento que he adquirido en mis estudios humanísticos en Grado y Máster, lo noto, de alguna forma, suave, etéreo, a veces neblinoso. El conocimiento que adquiero programando se siente, por el contrario, duro, palpable, permanente. Sí, es agradable. Vas a hacer una función y te das cuenta de que ya no dudas tanto. Has aprendido a hacerlo, y es demostrable. Replicable.
Y en esas estamos
Poco más puedo decir de mi experiencia en 42. La experiencia sigue en curso. Estoy a mitad del common core. No creo que tuviera que esperar más para escribir este texto. Queda grabada aquí la experiencia viva, la más real.
La incertidumbre está ahí. No sé si seré capaz de acabar 42. Los exámenes son difíciles. He conseguido superar el 02, pero ahora viene el 03, y luego el 04. No sé qué pensaré de todo esto de aquí a un año.
De momento aquí estoy, infiltrado. Lo que está claro es que, si el único objetivo es poner la chapita de 42 en tu LinkedIn, este lugar no será para ti. Yo siempre he sido muy performativo, haciendo cosas por las vibras más que por una motivación real, sin dedicar tanto tiempo o interés. No es posible graduarse de 42 estando aquí solo por las vibes. Puedo fingir muchas cosas, pero no puedo fingir que sé programar.
Tal vez sea eso lo que me pica.








