Me vino bien intentar sentarme a escribir porque, como yo solo funciono mediante procrastinación, el rechazo a empezar a teclear fue suficiente motivación para vencer a la ansiedad social y decidirme a bajar a recepción a contarles lo de la ducha. Bajé las tres plantas en ascensor y me alegré de que solo hubiese una persona tras el mostrador, lo cual reduciría la irradiación de patetismo por metro cuadrado al contar solo dos orejas. Le conté que me era imposible ducharme (imposible no es la palabra adecuada pero hay que ser tajante con estas cosas). Imposible porque, cada 30 segundos más o menos, salía un chorro de agua hirviendo que me obligaba a desviar la alcachofa a la pared para no quemarme. “El problema es que se desregula el agua, ¿no?” contestó el recepcionista, con esa típica reformulación de la frase con la que cualquier burócrata corporativo reduce la magnitud aparente del problema. “Sí, pero es que se desregula mucho. Con frecuencia. Sale el agua hirviendo”, le contesté. “Vale, pues lo que tienes que hacer es escribir lo que te ocurre en el portal de incidencias, en la web”. “Ah, vale”, repliqué con una cara visiblemente amargada, que el recepcionista aplacó con una sonrisa más grande todavía, lo que aumentó mi enfado más todavía.
Me giré y, antes de irme, le hice una foto a la imagen con los ajustes del WiFi, ya que tras dos semanas aquí seguía usando la conexión del móvil. Mientras me iba, ya de espaldas, escuché cómo una chica, tal vez compañera de trabajo, saludaba y abrazaba al recepcionista y estos hacían ruidos cariñosos como si les diera mucha ilusión encontrarse. Era lunes por la mañana, así que o bien la chica trabaja aquí o bien vive aquí. El caso es que pude adivinar que esa interacción ocurrida apenas dos segundos después de terminar mi consulta sería más que suficiente para borrar por completo mi preocupación de la cabeza del recepcionista. De todos modos, no tenía razón para entrar en primer lugar, ya que es el portal web el que se come ahora la ansiedad o descontento del ciente. En todos sitios.
Ya de vuelta en mi habitación, y tras refunfuñar un poco yo solo por la rabia que me dio la inutilidad de mi viaje a la planta baja, me senté a escribir. Le pedí a ChatGPT que me dijese cuántos días quedaban para el 28 de agosto, fecha en la que acaba mi contrato de arrendamiento en este extraño apartahotel en el que he sellado mi sentencia de muerte. La respuesta fue 52 días, teniendo en cuenta que estamos a 7 de julio. Con mi sentencia de muerte me refiero a que la situación de vivir en este lugar, junto al estado de mi vida en general, han supuesto la gota que ha colmado el vaso de mi delirante discurso interno. En otras palabras, he decidido que tras acabar mi contrato de dos meses, no solo no seguiré en esta residencia sino que me iré de Madrid. Me volveré a casa de mi madre en Fuengirola, con la intención de entrar de gratis en uno de los pisos del bloque que construyó mi padre en Benalmádena Pueblo. Este cambio supone una solución a parte de mis problemas, como es el de estar pagando el triple de lo que debería estar pagando por un piso, pero también implica nuevos dramas: la posibilidad de que mi padre, o su sombra, ejerzan un control coercitivo sobre mí al entrar a vivir en su bloque, limitando mi toma de decisiones sobre mi propia vida, al hacerme sentir que le debo algo por haberme dado techo.
Esta posible situación también ha sido advertida por mi mejor amiga, Marina, quien estando acostumbrada a escucharme amenazar con volverme a Málaga, ha notado que esta vez lo digo bastante enserio. “No durarás allí ni dos meses. Te viniste a Madrid para ser libre. Tu no estás hecho para vivir con tus padres”, me dice, con una argumentación, he de decir, bastante fuerte. “Pero no voy a vivir con mis padres. Voy a meterme en un estudio de mi padre, en el que estaré a mi bola”, le discuto. “Tendrás a tu padre viviendo encima tuya. Se meterá en tu vida, te empezarás a amargar y volverás”, presagia mi amiga. “Además, no tienes carnet de coche y estarás atrapado en un pueblo en la montaña”, añade. Bueno, lo del coche no me preocupa mucho porque debería ser capaz de sacarme el carnet, aunque no me apetezca nada. Lo que sí que me asusta más es esa idea de que puedo estar renunciando a una parte de libertad por vivir en uno de los pisos de mi padre. Puede ser cierto. No obstante, aquí hay una ironía importante, que ya traté de transmitirle a Marina aunque no pareció convencerse mucho.
Paradójicamente, creo que regresar a mi pueblo es la forma de expresión de libertad mas alta que he demostrado nunca. Como le expliqué a Marina, llevo unos meses intentando hacer una reconfiguración en mí mismo, un formateo de mi deseo, con el fin de escapar de las cadenas mentales que impone la ideología capitalista. Al fin y al cabo, ¿qué fue lo que me hizo querer mudarme a Madrid? Sí, en gran parte fue la necesidad de alejarme de mis padres, que por su ausencia de entendimiento iban a impedirme encontrarme a mí mismo de haber seguido viviendo con ellos (al menos eso es lo que pensaba en ese momento). Pero, también influyó, indudablemnete, la manipulación social y mediática que nos inyecta una serie de valores a los que se supone que debemos aspirar. Estos son la alta reputación social, el éxito y el triunfo en la gran ciudad. Lo vi sobre todo en las ficciones estadounidenses que nos traía a España Disney Channel, pero también en las entrevistas que los periódicos hacían a actores o cantantes, con todos ellos aseguando que su vida empezó a tomar forma cuando se mudaron a Madrid. Esto es, la gran ciudad, la Nueva York de España. Me hubiera ido a la capital cultural estadounidense si hubiera podido, pero como mi intento de engatusar a un sugar daddy en el chat de Seeking Arrangement no funcionó, tuve que conformarme con un autobús a la capital. Un billete de Alsa con una maletita “cargada de sueños”, como dice Esty Quesada.
Esto fue allá por 2016, cuando empecé la universidad, pero ahora estamos en 2025, y ha pasado mucho desde entonces. Es surrealista pensar que han pasado ya casi seis años desde que terminé la universidad. He vivido cosas, pero por supuesto no estoy donde quiero estar. Poca gente lo está, en realidad.
¿Y dónde estoy? Pues concretamente en una residencia de estudiantes que ahora se denomina “solución de alojamiento flexible” (también llamado co-living, según me dijo una compañera periodista experta en inmobiliario). En un polígono de Alcobenas, alejado de la mano de Dios, con un contrato para julio y agosto que tengo claro que no voy a renovar porque el aire acondicionado no se apaga cuando le das al botón, porque el agua de la ducha sale hirviendo cuando quiere, y porque Madrid me ha asfixiado y expulsado como un extremo mal atornillado del saltamontes de la feria.
Volviendo a lo de la reconfiguración del deseo: creo que uno decide irse a Madrid, en su mayor parte, por lo que el capitalismo nos ha dicho que conseguiremos aquí: el éxito en la gran ciudad, lo más deseable para individuos que, por H o por B, se sintieron desplazados en sus lugares de origen. Pero esto, al igual que el resto de propaganda filosófica del neoliberalismo, es falso, y lo que yo no quiero es que me sigan tomando por tonto. Me niego a pagar 500 euros por habitación para estar malviviendo con paredes infestadas de moho y espacio insuficiente en el frigorífico. Me sale más rentable hacer las paces con mi pueblo. La cosa es que, dado que mi padre me manda religiosamente todos los meses una ayuda económica bastante apreciable, no es ni siquiera lo económico lo que me imposibilita la vida en Madrid, sino más bien esa mirada al horizonte que no ve más que ciclos de precaridad sin fin, incluso aunque pueda permitirme el alquiler. Si siguiera aceptando el lavado de cerebro, y me dejase a la merced de la corriente, podría permanecer en Madrid perfectamente, pero es que quiero reclamar mi libertad de pensamiento frente a la maquinaria capitalista de manipulación de la ambición y deseo, la fábrica de consumo ideológico que mantiene la rueda de hámster a velocidad de crucero. Volverme a mi pueblo es una decisión radical, difícil y valiente, frente a una posibilidad de seguir en Madrid que, lejos de demostrar resiliencia, creo que en mi caso implicaría falta de visión a largo plazo y de autonomía personal. Lo fácil es seguir la corriente y tratar de ser otro moderno más. Lo difícil es reconocer que tal vez el camino correcto es el opuesto. Es por este motivo que, aunque a otro le parecería símbolo de derrota el regreso a la ciudad de origen, en mi caso me llena de orgullo, ya que es probablemente una de las decisiones más maduras que haya tomado nunca. Decisión, eso sí, no necesariamente correcta, dependiendo de cómo salgan las cosas con la convivencia en el edificio de mi padre, pero ninguna decisión ofrece una seguridad del 100%. Lo 100% seguro, de hecho, es que seguir en Madrid implica la ruina económica (aunque me lo pueda permitir, me impide ahorrar), y la ruina cotidiana: una vida daria precaria y claustrofóbica, a costa de un futuro mejor que seguramente no se materialice nunca.
Regresar a Fuengirola también implica valentía en un sentido social, ya que tengo muchos menos amigos allí que en Madrid, y esto requerirá de mí un empeño importante por conocer gente en un momento en el que parece imposible establecer vínculos sin la intermediación de una app. De todos modos, lo de hacer amigos no me preocupa tanto ya que una de las mayores razones de querer mudarme a Benalmádena es la de conseguir una guarida apartada en la que practicar la escritura casi a tiempo completo, actividad que se realiza en soledad y con tranquilidad.
Aunque ellos no lo saben, para mí ha sido una suerte de despedida el haberme ido de casa rural este fin de semana con compañeros de la universidad. Fuimos a Guadamar, un pueblo de Toledo, y disfruté de su compañía sin que ellos tuvieran ni idea de mis intenciones de marcharme de Madrid. Tampoco es que les vea muy a menudo, así que no es que el asunto sea muy relevante de todas formas. Pero para mí, a nivel simbólico sí que fue importante la casa rural como forma de cerrar una etapa. A Marina, mi mejor amiga en Madrid, no volveré a sacarle el tema hasta los últimos días del mes que viene, ya que solo servirá para marear la perdiz y para que gaste saliva intentando concenverme de que me quede en la ciudad. Me haré el tonto.
Y así es como comienza esta cuenta atrás, que se siente bastante tranquilizadora ya que la idea de salir de Madrid es como la de soltar un peso enorme que llevo en la espalda. No más mudanzas. No más convivencia con jóvenes fascistas, criptobros u otras variantes de heterosexuales. No más pagar cifras surrealistas de alquiler solo por un colchón de hace 30 años con los muelles empujándome moflete por la noche.
Bueno, creo que por hoy ya es suficiente. Ahora voy a tumbarme en la cama y a seguir leyendo Mi año de descanso y relajación, de Ottessa Moshfegh, lectura que he comenzado en el lugar y momento perfectos. En un apartahotel en un polígono de Alcobendas, en un verano sin nómina a mi nombre.
Imagen: Caleb Wright en Unsplash.

