Los patrones de sueño irregular, que estoy empezando a tener gracias a mi ausencia de responsabilidades laborales, están permitiendome tener sueños más intensos. O al menos, sueños que puedo recordar, cosa que me encanta. Los de esta noche no los recuerdo mucho, a excepción de un fragmento vívido en el que, caminando sobre un campo de lava húmedo de Islandia (estuve un año en Islandia) poco a poco el terreno arenoso me iba recubriendo más o más, como un charco viscoso, hasta percatarme de que había caído en una especie de arenas movedizas del norte (no creo que exista algo así). Me dio ansiedad tratar de salir, pero lo conseguí, aunque poco despues me desperté. Lo que también contribuye a que sueñe con potencia es mi rutina inquebrantable de retrasar el despertador. Me lo pongo a las 8, por ejemplo, y tras apagarlo pongo un temporizador de unos 45 minutos. Los sueños que tengo entre las 8 y las 8:45 son más intensos que cualquier otro que haya tenido previamente. Creo que lo de dormir de fora intermitente sale en cualquier manual de sueños lúcidos que puedas encontrar en Internet.
Ahora que ya me siento desvelado me decido a “empezar el día”, aunque en realidad ni siquiera voy a abrir la persiana. Algo bueno de vivir en esta especie de hotel/residencia es que los gastos están incluidos, por lo que no temo a usar las luces de día. Esto me permite simular una noche eterna, mi escenario ideal. Formaría parte de este lugar de ensueño el hecho de tener silencio, pero mi mala suerte hace que, justo en este momento, estén haciendo obras en la acera de enfrente. Obras que, ten por seguro, acabarán justo el día en que me vaya de aquí, el 28 de agosto, para el que ahora quedan 51 días. Para evitar el ruido de la excavadora, me pongo música etérea en los AirPods, y me dejo llevar en este hotel, lugar no-lugar liminal e impersonal perfecto para fundirme en la interioridad y forzar un poco la muerte del ego (nunca la he experimentado). Hay sitios mucho más asequibles y humildes en los que hallar un efecto similar, pero por supuesto, yo he escogido uno que vale 809 euros al mes (tampoco es que me quedase otra, a fin de cuentas).
Aspiro a ser un alma atormentada, y los autores o personales tipo almas atormentadas que leo, provenientes de Estados Unidos, todos ellos se pierden por lugares como moteles u hoteles, aunque de mala muerte. Mi apartahotel tiene piscina, elemento que en teoría era uno de los pros que me hizo decantarme por venir aquí en lugar de seguir compartiendo piso, aunque ahora mismo no creo que baje a bañarme ni un solo día. También tiene una pista de pádel, mesas exteriores y un gimnasio. No creo que me vean por ningún otro lado que no sea el pasillo de mi habitación y la máquina de café de la primera planta, la lavandería de la planta baja o el frigorifico con sándwiches fríos y comida preparada estilo Wetaca.
Concederme a mí mismo el privilegio de pagar 809 euros al mes (más una fianza de 200 euros que no me van a devolver) a cambio de vivir en un estudio yo solo por primera vez tras años de piso compartido, es una especie de último regalo antes de partir. Una última cena antes de la ejecución. Un último aliento de libertad, más evidente que nunca, antes del encadenamiento implicito de mi regreso al pueblo. Es por ello que, aunque no lo tenía pensado, me puse a escribir al darme cuenta de que este es el mejor momento que he tenido nunca para ello. Un lugar, alejado de todo y de todos, en el que vivir, aunque sea por poco más de mes y medio, mi fantasía de artista maldito. Aunque saqué pecho delante de Marina y de otros amigos para que no me tomasen por loco al contarles que me venía a vivir aquí, creo que tienen toda la razón al mirarme con cara rara al escuchar que me iba a vivir a una residencia de 809 eurazos al mes cerca de Las Tablas. “Eso está a tomar por culo, Marcos, tu aquí te vas a aburrrir”. “No, ya tengo muy visto el centro. Estaré en la piscina, viviendo el verano más fresco que he vivido en Madrid en mi historia”. “A ti te gusta mucho darte paseos, aunque sea solo, allí no tienes nada. De aquí a un mes te vas a arrepentir”, me replicaba Marina, consciente de que yo no tenía una gran vida social y que no podía decirse que saliese a tomar algo todos los días. Marina, aunque ciertamente me conocía mucho, yo sentía que había una última capa de profundidad en mi psique a la que ni ella ni nadie había accedido todavía, motivo por el cual no entendería que esto era, al menos en este momento, lo que realmente quería y necesitaba. Sin compañeros de piso, y sin distracciones, auqnue sea carísimo.
Además, va a ser cierto lo de que será el verano más fresco que he pasado en, por lo demás, una ciudad invivible en estos meses. Aunque no por la piscina, sino porque algo pasa con el termostato de mi habitación/estudio. Da igual que cambies la temperatura o lo apagues. Por alguna razón, en menos de 10 minutos el aire acondicionado vuelve a activarse a 24 grados. Paso las noches enterrado en el edredón, y ya me ha pasado que durante el día tenga que ponerme una chaqueta para estar sentado en el escritorio. Un sinsentido. Una situación surrealista. Un gasto de energía inconcebible. Una barbaridad. Pero es que yo ya lo acepto todo, porque esta ciudad es así. Nada funciona. Y en una “solución de alojamiento flexible” como en la que vivo, sea lo que sea eso, el capitalismo manda y por tanto, mientras que pagues tu mensualidad, ningún grado de incomodidad es un problema para los caseros o, en este caso, para la empresa. Con darte una cama ellos ya han cumplido. Todo funciona medio bien. Todo funciona a medias. No del todo mal, ya que entonces el cliente tendría la razón al presentar una reclamación. Todo funciona lo justo para que te aguantes, y no lo suficientemente mal como para que no parecer una Karen al quejarte en recepción. Así es la vida ahora.
Lo de “alojamiento flexible”, el eslogan de la compañía, lo digo aposta cuando le cuento dónde vivo ahora a alguien. No es que sea mentira, pero es cierto que en gran parte esto es una residencia de estudiantes, y de hecho si no fuera por el estatus de estudiante mi estudio me habría costado 1000 euros en lugar de 800. De no ser por el descuento, ni de coña me habría venido aquí. Nunca he estado en una residencia de estudiantes, excepto mi año Erasmus en Dinamarca, por lo que entrar en una 5 años después de terminar la universidad se siente tonto, como un paso atrás. La razón por la que cuento como estudiante es por haber entrado en un programa de formación en programación de Webesfera, una de las mayores empresas tecnológicas de España. Marina dice que es un curso “exclusivo”, y en parte es cierto, ya que hay que pasar una prueba de acceso de un mes, para poder entrar de forma permanente y sin pagar nada. Cuando me dieron la noticia de que había entrado, ese email me vino muy bien para la autoestima, y verdaderamente pensé que la programación sería mi vía de escape de la precariedad del periodismo, pero ahora aquí estoy, dedicando el tiempo a escribir en lugar de estudiar. Entrar en el curso de Webesfera me ha permitido un descuento de 200 euros en un estudio, pero no creo que me aporte mucho más de eso. Me he dado cuenta de que la única razón por la que quise entrar fue para paliar mi complejo de tonto, o de ser insuficiente. Entrar sería una forma de demostrar al resto que soy inteligente, que soy más que un juntaletras sin criterio como cualquier periodista, pero en realidad lo que me mueve es la literatura y la cultura. Los ordenadores, aunque siempre me han gustado, no representan una vía profesional llamativa para mí. Es un trabajo monótono y aburrido como cualquier otro, y encima, ahora también amenazado por la inteligencia artificial. Hoy una compañera que conocí en la prueba de acceso me mandó un WhatsApp, preguntándome si ya he empezado con los ejercicios del tercer ciclo. No le respondí. Es posible que ninguno de los amigos que hice en Webesfera vuelvan a verme. Lo que me apetece es estar encerrado estos 51 días, y nada más. Además, es cierto que no soy tan inteligente. Lo suficiente como para pasar la prueba de acceso, pero no tanto como para completar el curso.
Pero, lo que se esconde detrás de todo, es el tema de la procrastinación. Creo que siempre me ha guiado el miedo, y aunque no sería correcto para nada decir que he vivido siguiendo un guión (he tomado decisiones con bastante libertad como ir a Islandia, estudiar Periodismo o hacer canciones pese a que cante fatal), sí es cierto que he aplazado de forma indefinida hacer lo que estoy haciendo ahora, escribir. Creo que esto se debe a que escribir fue el inicio de todo, y estaba destinado a ser el fin. Podía intentar otras cosas y liberar la presión de tener que ser bueno en esto sí o sí, porque si no se me daba bien escribir, no se me daba bien nada. Pero ha pasado demasiado tiempo y seguir postergándolo es absurdo. Tampoco me quedan fuerzas para seguir haciéndolo. Siento que me he quitado un peso de encima al admitirme a mí mismo que solo sé escribir, y que no valgo para nada más. Esto suena a decepción, pero yo no lo veo así para nada. ¿Para qué querría ser bueno en ninguna otra cosa? Con esto me basta. Pero sí que da miedo empezar a hacer lo que sientes que siempre has sido llamado a hacer, porque si llega el momento de la verdad, y resulta ser una mierda, pues a ver qué haces el resto de tu vida. Lo de hacer música no era más que otra forma de procrastinación, y también un síntoma de narcisismo, al pensar que tenía la más mínima posibilidad de engañar a mi destino. Admitir la verdad es lo más difícil. Al final, ser sincero con uno mismo es imprescindible. Pero he necesitado muchos años de aprendizaje y madurez personal para llegar a este momento. Un momento en el que me da igual lo que digan otros, en el que puedo decir que voy a escribir, y ya está. Ignorar la opinión de otros, especialmente la de mi padre, me ha sido bastante difícil. Además, cabe perfectamente la posibilidad de que sea un escritor mediocre, pero no se trata de tener la seguridad de que lo vas a hacer bien, sino de que lo vas a hacer porque esa es la decisión que has tomado. No es tan importante el resultado, sino la valentía de decir: ahora voy a hacer esto. Y punto. Cuando mi padre se entere de que he abandonado lo de Webesfera, tendrá un nuevo argumento en su larga lista de reproches, y su reprimenda será insufrible, pero es que, genuinamente, no te debe importar una putísima mierda lo que opine una persona que ni siquiera te conoce de verdad.
Otros aspectos que me habían hecho postergar la escritura hasta los casi 27 años han sido la depresión y el nihilismo. Depresión porque no tenía ganas (y casi que sigo sin ellas), y nihilismo porque es un absoluto delirio pensar que de forma alguna voy a escribir algo que merezca ser escrito. En la era de la producción desenfrenada y la estimulación constante, la industria de los libros se descontrola como cualquier otra, publicando al día más libros de los que uno podría leer en 100 vidas. Es absurdo. Lo que me ha hecho odiar el periodismo es la total seguridad de no estar aportando más que ruido y humo. Contaminación semiótica. Pues escribir un libro es más de lo mismo. Teniendo ya los clásicos ahí, escritos, y sin tiempo para leerlos, ¿para que iba alguien a tener que leerme a mí? Es que no tiene sentido. Pero con un poco perspectiva, me temo que esto sí que sea un pensamiento un poco exagerado, producto del agobio y del miedo al vacío existencial, o de haber sido succionado por el agujero negro del donut de la película Everything Everywhere All At Once.
Dado que mi madre me ha prohibido (explicitamente) marcharme a un monasterio budista, algo habrá que hacer, y lo que haré será escribir. En este mes y medio, estoy imitando un poco a la protagonista de Mi año de descanso y relajación, aunque en realidad me parezca más al Oblómov del ruso Iván Goncharov. La protagonista del primero es una inútil, pero es una pija divina, un personaje de esos, neoyorquino autodestructivo, que me encanta. El protagonista del segundo es más como soy yo realmente, un vago con nada que romantizar de su vida. De hecho, me parezco tanto a Oblómov que ni siquiera fui capaz de terminarme la puta novela, y eso que me estaba encantando.
Espero lograr entrar en un trance en este mes y medio. Para ello, me he borrado las principales distracciones del iPhone: Instagram, TikTok, LinkedIn y Grindr se han ido fuera. Por un lado, pensé que activar Grindr ahora sería perfecto, ya que por fin tenía esa codiciada posesión que, en manos de la persona adecuada, serviría de llave a la vida sexual más plena: privacidad. Esto es un estudio, y podría invitar a quien quisiese. Podría decir la frase clave: “Tengo sitio”. Pero me han bastado dos días de tontería con la app para darme cuenta de que lo mío es irremediable. Que Grindr no me sirve, porque los que me gustan no me hablan y los que me gustan no me hablan (como en la vida real). Que me da asco todo lo que representa, y que mi estruendoso fracaso sexual y amoroso ha terminado por hacerme sentir molestia y rechazo hacia la comunidad gay, que manifiesto negándole el like a cualquier post sobre el Orgullo de este año, y dándole razón a Esty Quesada sobre que las relaciones abiertas son para guarros y cerdas. Todo esto, motivado por la envidia más insana que uno pueda imaginar, evidentemente.
Con el móvil medio deshabilitado, ahorros suficientes para pedir comida a domicilio y unas salas comunes que eliminan toda necesidad de salir al exterior, me di cuenta de que por fin había conseguido esa experiencia de retiro que tanto tiempo llevaba anhelando. El edificio de Webesfera donde tenía que ir para el curso de programación está a una parada de metro. Este estudio lo conseguí preguntando por el grupo de Slack de Webesfera si alguien sabía de una habitación que se quedase libre para julio y agosto. Me habló una chica que vivía aquí con su pareja (mucho más razonable, ya que se les quedaría el alquiler a 400 euros por cabeza), y que buscaban a alguien que les sustituyera en su contrato, que acababa en agosto. Me dijo que se iban porque su novio había sido expulsado del curso, porque se le había agotado el tiempo. El curso no funciona por matriculación como un centro educativo normal, sino con una cuenta atrás que se va extendiendo según vas aprobando proyectos, y que cae a cero si no consigues aprobar antes. Es una metodología estimulante a la par que estresante. Me creí su versión, aunque es posible que se hayan ido porque estaban cansados de quemarse con una ducha con la temperatura desregulada, o de dormirse tapándose hasta arriba por un termostato asesino que cobra vida e intenta matarte de frío cada noche.

