Me suena el despertador, y digo adiós a lo que sea que estuviese soñando, que sería mas agradable que lo que sea que venga ahora. Bueno, un hasta luego, porque para retornar el mundo etéreo retraso el despertador unos 45 minutos. Fue como si se pasaran en un segundo, y el despertador volvió a sonar. Ahora sí, empiezo a removerme en la cama, pero hago lo que nadie debería hacer. Coger el móvil antes de abrir la persiana siquiera. Abro Instagram, veo unas cuantas historias y acto seguido me voy a la lupa, el infierno digital. Empiezo a ver torsos apretados, marcados y desnudos, y empiezo a pensar que una paja me daría el impulso necesario para arrancar el día. Intento no moverme de Instagram (el soft porn que atiborra mi sección de Buscar sería suficiente para anestesiar a un caballo). Pero igual que un enfermo con resistencia desarrollada al ibuprofeno, toca ir a lo fuerte y abrir una pestaña de incógnito en Safari. De forma completamente automática voy buscando algo que ver, mientras me voy toqueteando. Encuentro algo bueno y le doy a reproducir tras brincar sobre los cientos de anuncios cerrando los popups con gran velocidad. Tras mover el vídeo a la parte que nos interesa, la pantalla se oscurece y aparece una advertencia: “Has agotado el tiempo diario de Safari”. Ah, joder, los bloqueos que tengo activados para paliar mi adicción al teléfono, y que no sirven para nada. Pero, vamos a ver, ¿cómo iba a haberlo gastado ya si me acababa de despertar? Espera, claro, es que ayer estuve viendo cosas también antes de dormir, pasadas las doce. Salto el bloqueo y actualizo la página ya que la jodida advertencia trastoca toda la web cada vez que salta. Pierdo más tiempo con la limitación de tiempo que sin ella, seguro. Con el vídeo ya restaurado en el momento adecuado, me voy realizando la masturbación que tan mal cuerpo me deja después. Mal cuerpo porque me hace sentir sucio, no en un plano mental o moral, sino físico. Nunca me es suficiente con pasarme una toallita. Tengo que ducharme después sí o sí para sentirme limpio y sin picores. Me acuerdo de que el vídeo que he puesto, uno de mis clásicos personales, no dura más de 5 minutos, así que hay que darse algo de prisa. Estoy ya bastante cerca, acercando poco a poco la pantalla del móvil a mis ojos miopes, abrasándolos con la luz azul a primera hora de la mañana. Me voy fundiendo con los píxeles, que van abandonando la imagen nítida para transformarse en una ola de colores difusos. Justo cuando estoy a punto, cuando ya no hay marcha atrás, y cuando el twink del vídeo se ve más guapo que nunca, el vídeo desaparece y la iluminación se apaga una vez más. “Estás demasiado cerca de la pantalla, aléjala un poco antes de continuar”. Me corro. Tiro el móvil al otro lado de la cama.
Me cago en mis muertos.
Me meto a la ducha, recordando el protocolo a seguir: apartar la alcachofa cada 30 segundos para evitar el periódico chorro de agua hirviendo. Mientras voy recordando mi lectura de ayer por la noche. Ya me acabé Mi año de descanso y relajación, y ahora me puse con Días simétricos de Bob Pop. Me he dado cuenta de que no es tanto querer encerrarme a escribir lo que quiero, sino encerrarme a leer. Pongo la temperatura de la ducha más caliente que fría (aunque empeoren los ataques desregulatorios de la ducha), porque me despierto con el cuerpo un poco metido para dentro, debido a que independientemente de la temperatura a la que ponga el termostato antes de dormir, a la mañana siguiente puedes tener la seguridad de que se ha restablecido a 24 grados por arte de magia, y 24 grados es demasiado frío. Me cago en todo.
Pese a los inconvenientes, me doy cuenta de que este lugar por fin me ha dado la soledad que necesitaba para olvidarme en mis verdaderas pasiones, que ahora soy capaz de reconocer tras tanto tiempo. Identifico mis pasiones como aquello que me da menos pereza que el resto de cosas (escribir y leer también me dan pereza). Me sorprende lo mucho que Bob Pop habla de sexo y porno. Cómo disfruta el cabrón. No sabe lo que tiene. Sí, tiene una enfermedad también, pero bueno.
Al salir de la ducha y vestirme con ropa cómoda (no saldré de este edificio de todas formas), veo que tengo un par de mensajes en el móvil de colegas del curso de TELEwIN, preguntandome que cómo llevo los ejercicios. No voy a responderles de momento, no quiero rayarles. El curso de Webesfera me ha dado una nueva oportunidad para ser aquello que siempre quise: un dropout. Esto se entiende más en Estados Unidos. Si vales de verdad, si realmente tienes talento, dejas la universidad en los primeros meses. Cuanto antes, más caché para tu biografía. Ser dropout te hace sentirte un poco Kanye West o Bill Gates. Pensé que ser programador me daría una estabilidad laboral que mejoraría mi vida, y no parece tanto drama retrasar la escritura por un par de años más, pero es que hay que tener en cuenta el resto de años que ya llevo acumulados intentando retrasar lo inevitable (la aceptación del hecho de que solo sé escribir). Por eso, de prono dos años me parecen un peaje impagable.
De pronto, alguien me llama, y para mi sorpresa no es un número desconocido. Es mi amiga Biliana, la que siempre me llama cuando me estoy masturbando. Esta vez se desfasó un poco.
—Holi, ¿qué tal? ¿Te estabas pajeando? —saludó con su característica voz aguda a lo dibujo animado.
—No, lo hice antes —contesté entre risas.
—Vaya por dios, he llegado tarde. Oye, quería proponerte una cosa.
—Dime.
—¿Te suena algo lo de mi club de bolleras sáficas? —había visto algo en su Instagram, pero a decir verdad ni siquiera conocía el significado de sáfica.
—Sí, he visto algo. ¿Estáis formando un club o algo así?
—Siiiii, y este sábado tenemos nuestra primera reunión. Lo hemos organizado todo la Milagritos y yo. La vamos a hacer en la casa de Carcelaria, que ella se va a trabajar y nos deja el piso. Y bueno, estaba pensando en cómo generar un poco de expectación. Como tú escribes tan bien, ¿qué te parecería venirte y escribir algún artículo sobre la quedada? Es una reunión de mujeres, pero bueno, tú te vienes solo de espectador —me hizo mucha gracia el último comentario. Una reunión solo de mujeres, de bolleras, en el que solo se permite la presencia de un hombre si va como prensa. Como los reporteros de guerra con los chalecos de PRESS en Gaza.
—Vale, a ver, suena guay. Podría publicarlo en mi blog.
—¡Bieeeen! Seguro que te queda algo muy chulo. Será super gracioso. —Me encanta escuchar su voz inexplicablemente aguda porque me hace cosquillas en el oído, aunque a veces cuando se ríe tienes que apartarte el teléfono de la oreja.
—Pero oye, ¿qué significa sáfica? —pregunté.
—Sáfica es que nos gustan las mujeres, los coños. Es un club de mujeres LBTQ+. Mujeres o trans a los que les gustan las mujeres. ¡Los gays están prohibidos! Nos hemos dado cuenta de que el ambiente donde hay maricones es siempre bastante tóxico, así que hemos hecho un espacio para nosotras.
Le vi todo el sentido del mundo. Los gays son odiosos. Superficiales, falsos, desagradables y condescendientes. También se creen siempre con el derecho de opinar sobre la ropa o el estilo de cualquier persona. A mí en una ocasión, en referencia a mi ceja derecha medio rasuarada, uno me dijo: “Ah, sí, como Charlie Puth. Eso ya no se lleva”. Y se quedó tan pancho. Nos acabábamos de conocer. Menudo imbécil. Otra cosa que tienen es que son gordófobos. Mucho. Aunque a esto no le voy a poner muchas pegas. Yo también soy gordófobo. Soy gordófobo porque es el único alivio que me queda cuando pienso en lo puta mierda que es mi vida. Estoy más solo que la una, pero entonces pienso: “Por lo menos no soy gordo”. Y ya está. Así que eso lo entiendo. Tambien es que gays romantizamos los trastornos de alimentación. Son muy chic.
—Bueno, entonces este sábado me paso por allí. Os hago unas fotos con el iPhone también. ¿Dónde estaba la casa de Carcelaria?
—En Chueca, el sábado te paso ubicación. Muchas gracias Marquitos. Nos vemoooooos.
Carcelaria era una travesti, característica por su peluca azul y por las esposas que eran su accesorio fijo presente en cualquier outfit. Otro mote suyo era La Porras. Habíamos coincidido varias veces. Ella es amiga de Biliana, que en cuanto llegó a Madrid, unos meses antes que yo, se hizo amiga de toda Chueca. No me voy a ver la serie esa nueva de los Javis1, la de Mariliendre, porque sé que no está basada en mi amiga, y por tanto no muestra lo que es una mariliendre de verdad. Estoy seguro. Carcelaria era graciosa, aunque yo siento que no he conectado del todo con ella, probablemente más por mi culpa que por la suya. Al igual que con el resto de travestis, no logro sentirme del todo cómodo a su lado porque me intimidan. Son por lo general estruendosas, lanzan comentarios o preguntas incómodas y cualquier conversación que mantengas con ellas es pública. Por su tono de voz, y porque en base a lo que les digas te pondrán un mote que usarán para referirse a ti en cualquier interacción con otra persona posteriormente. Me dan mucho respeto, vaya. Soy demasiado introvertido para un show del LL2, en el que nadie está a salvo.
Para curiosear un poco, busqué el perfil de Instagram del club que habían formado estas dos locas del coño. Lo encontré. @furiasafikacrew. Tenían muchos vídeos subidos. En uno de ellos aparecía la cara de Milagritos, la mejor amiga de Biliana en Madrid, una chica muy simpática aunque la pobre es pobre. No tiene ni un duro. Pulsé en el vídeo.
“¿Y tú? ¿También eras la amiga? ¿Cuántas veces te han preguntado por tu mejor amiga y tú con cara de ‘sí, sí, amiga’? Durante años, las mujeres sáficas no podían expresar libremente su amor. No estamos hablando de hace miles de años, sino de los años 80 y 90. En España, la Ley de peligrosidad social no se eliminó oficialmente hasta 1995. Muchas mujeres acabaron escondiendo sus relaciones bajo la etiqueta de ‘amigas íntimas’. Pero con la censura, también llega la creatividad.
Pero mira tú por dónde, que ahora somos nosotras las que elegimos lo que decidimos sentir, a quién queremos amar y cómo nos vamos a comportar. Así que bueno, supongo que tanta lucha durante tantos años finalmente habrá servido para algo. Antes éramos la amiga, sí, pero ahora somos la ex, somos la crush, somos la ex tóxica o la tía que se liga a todo el garito. ¿Y qué?
Así que si tú en algún momento también tuviste una amiga especial, mándale este vídeo, o si no, mándaselo a tu ex, que lo va a ver igual. Y recuerda: si ellas pudieron con tantísima imposición, nosotras definitivamente podremos con lo que venga. ¿Por qué? Porque ser sáfica no es solo un hecho, es una revolución”, termina diciendo la Milagritos, con ese pelo afro y una camiseta de cuadros de colores de distintos tamaños. Vaya, activismo LGTB, pero sin la G. Pues como diría Kika Lorace, todo perfecto. Si es que hasta las de nuestro colectivo se han dado cuenta de lo horribles que somos, que no por ser gays dejamos de ser hombres, por desgracia.
Otra publicación consistía en un carrusel de imágenes en las que se ofrecía una descripción de los miembros de la “crew” del club. De sus miembros, vaya. Me metí para buscar, por curiosidad, cómo se presentaba mi amiga Biliana. Lo hacía de esta forma:
“Biliana aka @bilis_purpura.
Edad: 15 de por vida.
Bisexual.
Un hueso duro de roer.
Amante del fuet y de Shreck.
Camarera, niñera, business woman, ella lo es to-do.
Lo mismo te canta por la Yoko Ono que te hace un puchero.
Más de barrio que Los Chichos.
No podría vivir sin soltar una burrada por la boca cada 5 segundos”.
Lo de la burrada cada 5 segundos es verdad. Lo que pasa con Biliana es que no tiene filtro. A veces ha sido algo difícil para mí, y eso nos ha costado rencillas y distanciamientos a lo largo del tiempo. Cuando me llama es como si no hubiese pasado nada, pero llevábamos meses sin hablar. Una vez la invité a cenar a mi piso compartido en segundo de carrera. Mis compañeros eran unos heteros básicos. Majos, pero eso. Mientras cenábamos salió el tema de las novias o novios. Ellos respondieron lo que sea, con algo de timidez y sin muchos detalles. En algún momento, uno de ellos me preguntó a mí: “¿Y tú, tienes pareja?”. A lo que la Bilis, como le solemos llamar, responde: “Este nada de nada. No folla, el pobre, con lo pasivaza que es y le estarían saliendo telarañas si no fuera porque la compuerta se le tiene que abrir sí o sí de dentro afuera”. Yo me quedé blanco. A ver, me hizo mucha gracia, pero es que me moría de la vergüenza. Por lo de usar el término “pasivaza” delante de dos chavales básicos perdidos que casi escupen el arroz. Me enfadé con ella por eso. Han pasado años ya desde aquello, y creo que no tenía yo la razón en enfadarme. Ella es así, y además, ¿a quién le importa? ¿Por qué tendría que avergonzarme por ese comentario? Es cierto que mis compañeros de piso no estaban en la onda. Mi amiga no sabe leer la habitación. Es muy fuerte. Pero es que es una crack por eso y todo el mundo la quiere. De todos modos el distanciamiento non fue solo por cosas como esa. Es que, simplemente, yo soy mucho más introvertido que ella, y a veces ir con ella por la calle era como cruzar un campo de minas. Que te explotase una era que viese a alguien que le llamase la atención por la calle y, sin conocerla de nada, fuese a hablar con la persona. Claro, con su voz de alta frecuencia, toda la calle se enteraba. Yo no sabía dónde meterme.
Bueno, pues ya tenía plan para el sábado. Ya podía marcar el check de que iba a tener un mínimo de vida social esta semana. Es muy importante para mí no porque necesite tener vida social, sino porque pienso que si no subo una historia a Instagram con más gente de vez en cuando, la gente se dará cuenta de lo solo que estoy. Como si alguien estuviese pendiente.
A todo esto, ¿qué hora es? Miré el móvil. Las once y media de la mañana. Pf. Cogí el móvil y saqué la tarjeta de la habitación del aparato (sí, hasta ese punto esto se parece a un hotel). Bajé a la planta baja para acudir a las máquinas de vending. En el ascensor me topé con una pareja negra, que me dijo “Hi”, y que probablemente irían a la piscina. Esta residencia es muy extraña, veo a gente joven pero también a no tan jóvenes, y a extranjeros de todas partes. Apenas escucho hablar español, aunque esto es lo mismo que ocurre en la Renfe de Fuengirola. Aparte de residentes, también veo a huéspedes que parecen turistas, pero, ¿qué turista escogería quedarse en este hotel? Esto no está cerca de Sol, ni del Retiro ni de nada. El centro queda a una hora en metro. Es raro.
Cuando le conté a uno de mis compañeros de Webesfera que me venía a vivir aquí, me dijo que este tipo de residencias solían ser la opción ideal para estudiantes internacionales o gente de otros países que se venían a vivir a España por primera vez, ya que es más sencillo alquilar esto que un piso, sobre todo cuando no tienes mucho conocimiento del entorno local. Aunque no me lo dijo como algo malo, a mí esto me hacía sentir muy triste, porque la conclusión a la que llego es: cómo es posible que, después de casi 9 años en Madrid (con mis idas y venidas), tenga a día de hoy que recurrir a esta “solución de alojamiento flexible” como si fuese un completo extraño en esta ciudad. Me siento un extraño en mi pueblo natal, pero también lo soy de Madrid. Estoy totalmente excluido. Vaya tela. Bueno, este pensamiento es un poco injusto, como si no hubiese estado en algunos pisos compartidos guays, empezando por el último, en el que uno de mis compañeros también hacía música y pude hacer algunas cosas guays con él. En realidad si me he mudado a este polígono es porque siempre dejo lo de buscar piso para el último momento, y porque me apetecía experimentar, aunque fuese por un tiempo, cómo es vivir solo. Estoy aquí porque quiero. Sí. Recuérdalo. Me calmo a mí mismo.
Me acerco al área de máquinas expendedoras, máquina de café y frigorifico con comida precocinada, situada al lado de una cristalera que da al aparcamiento y próxima a un espacio de mesas para ocio o teletrabajo al otro lado, cerrado por otra cristalera que da al exterior, donde la psicina.
Soy consciente del malgasto de dinero que implica desayunar así, pero es que no me queda pan Bimbo, el supermercado está muy lejos, y el café de máquina es mejor que lo que pueda hacerme yo en mi habitación. Además, me encanta esta forma de obtener mi alimento, mediada por robots. Capitalista total. Un euro el café, y la máquina te lo hace. Me encantan los vasos de cartón para llevar. Cualquier líquido me sabe mejor en uno de estos. En la máquina de vending me cojo un zumo tropical (no necesito sólidos). La situación de la vivienda, y la situación en general, me tienen anticapitalista total, pero es cierto que hay procesos deshumanizados propios de la corriente neoliberal que me gustan, aunque sea de forma un poco irónica. De hecho, en mi cuarto tengo un vaso tamaño Venti de cartón del Starbucks de decoración. Estuve un tiempo sin ir al Starbucks para hacerle boicot a Israel. Ya no tengo que esforzarme actívamente para no ir a por mi Frapuccino Mocca, porque vivo en mitad de la nada y aquí no hay.
Vuelvo a mi habitación con el café con leche y el zumo, y me siento en el escritorio. El zumo me lo bebo primero, para hidratarme, de un solo sorbo. El café lo remuevo un poco con el palito de cartón. Hablando de formas antinaturales de alimentarse, recuerdo que tengo que averiguar cómo de operativo está Uber Eats para cubrirme algún almuerzo o cena, sabiendo que ahora estoy tan alejado de todo. No debería pedir tanta comida a domicilio, pero si solo me queda mes y medio en Madrid, pues que viva el despiporre. Además, pagué sin querer un mes de suscripción de Uber One (se me olvidó cancelar antes de que terminase el periodo de prueba), así que tendré que sacarle partido de alguna forma. Abro la app, actualizo la dirección y hago scroll para ver cómo está el panorama. Después de la barra de comercios patrocinados, leo:
Entregas rápidas: Marlons (imagen de dos hamburguesas, 4.1 estrellas). Faborit (imagen de zumos, cafés y ensaladas, 4.3 estrellas). McDonald’s (imagen de Aitana con su menú, 4.4 estrellas). KFC (imagen de un menú temático del Juego del Calamar con una hamburguesa fucsia fosforito, 4.2 estrellas)”. Pues algún McDonald’s caerá seguro. Me meto en el apartado de configuración y veo que me quedan 13 días de suscripción pagada con disfrute de gastos de envío a 0 euros. Vaya, otra cuenta atrás. La idea de poder pasarme varios días leyendo y escribiendo sin parar, con la persiana bajada para simular el tiempo detenido y sin tener que cocinar me encanta demasiado. Había fantaseado muchas veces con pasar un año sabático solo leyendo y escribiendo, por ejemplo en un aparamento en Tailandia o Malasia, donde seguro que el alquiler es muy bajo, y la comida callejera también es barata, libre por un tiempo de la esclavitud del trabajo asalariado. Pero no lo he hecho. Me lo han impedido las convenciones sociales y mi adherencia impostada al significado mainstream del éxito. Por eso, es curioso encontrarme ahora con esta oportunidad única de vivir la experiencia de pijo depresivo neoyorquino. Se han tenido que alinear muchas cosas (mis ahorros en cuenta por el año de camarero en Islandia, el descuento estudiante en la residencia gracias a entrar en lo de Webesfera…). Soy un puto privilegiado, aunque por tiempo limitado. Solo me falta el cigarro como Carrie Bradshaw, pero no fumo. Nunca he visto Sexo en Nueva York.
Dejo el móvil y me debato entre escribir o seguir leyendo a Bob Pop. Me decanto por lo segundo, así que me quito las zapatillas y me tumbo en la cama. Recordé que una de las recomendaciones que salen en la contraportada califica a Bob Pop como la Fran Lebowitz española. La comparación me parece totalmente acertada, pero por otro lado, me da rabia que toda figura cultural llamativa en un país sea una adaptación de un fenómeno estadounidense. Ocurre lo mismo con los youtubers que seguía cuando empezó de los vlogs. Al final, todos ellos se dedicaban simplemente a traducir al mercado español fórmulas que estaban funcionando en el YouTube estadounidense. Como si en España no nacieran cosas originales, sino que solo se importaran.
Enseguida me di cuenta de que, recién comenzado este proyecto de retiro de escritura, ya estaba procrastinando el escribir. Pero es que, como dice Bob Pop, escribir es mentira y leer es verdad. Y, tras tantos años de intentos fallidos, adaptaciones al entorno y pescadillas que se muerden la cola, creo que lo que me apetece es, por fin, un poco de verdad.
Pues así a lo tonto ya es la hora de comer, fíjate. Bueno, me desperté a las 11 y media, así que tampoco es que haya viajado en el tiempo… Ya me he terminado Días simétricos. Dos libros en apenas cuatro días. Sentía un apetito voraz por leer. Como si no pudiera haberlo hecho antes. Es que necesitaba el momento oportuno, me excuso mentalmente. Bob Pop me ha hecho sentir entendido sobre por qué ahora quiero irme de Madrid. Él dice: “Los centros para mí son siempre el ojo del huracán y les pertenecen a otros. Yo soy de afueras, de lugares raros donde me acabo sintiendo cómodo (aunque saliera huyendo de uno de ellos hace muchos años)”. Sí, yo también soy de afueras, aunque con “sitio raro” yo me refiero a Fuengirola, y ahora que le doy otra vuelta, creo que él puede estar refiriéndose a una sauna, o a la parte del Retiro donde le violaron una noche.
Algo que me ha gustado de su libro es que me ha invitado a coger el móvil cada dos minutos para buscar la biografia en Wikipedia de un autor mencionado, que no conozco, y cuyo nombre se me olvidará en los siguientes cinco minutos. Pero, al menos, me habré asomado a su vida por una ventana (del navegador), brevemente.
Decido que apuntaré en un papel los nombres de estos autores. Consulto el historial de navegación del iPhone para encontrar las búsquedas en Google, que se encuentran siempre en sándwich entre accesos a instagram.com (no uso la app). Esta es la lista que logro recopilar:
Christopher Isherwood
César González-Ruano
Marc Allégret
André Gide
Beatriz Beck
Tom Malmquist
Miguel Torga
Léon Bloy
Bryan Washington
Joe Orton
Bohumil Hrabal
Augusto Campo (autor de Jornal de Extrañezas, o algo así. De este no encontré página en Wikipedia)
Quentin Crisp
Julio Ramón Ribeyro
Dan Fante
Después de escribir la lista en una libretita, borro el historial, porque lo demás es vergonzoso.
De todos ellos, el que más interés me causa es Isherwood, aparte de por también ser gay (muchos lo son en esta lista) porque se vio influenciado por un maestro de Advaita Vedanta en Estados Unidos, según su Wikipedia. Conocí lo que era el Advaita Vedanta por una amiga que hice trabajando de camarero en Islandia. Se llamaba Lucía, cordobesa. Una chica que me encantó conocer porque pude hablar con ella de temas un poco esotéricos, como el budismo o la verdadera naturaleza del universo, unos temas que no he podido tratar con apenas nadie más que haya conocido en mi vida. Me explicó todo el tema de la no-dualidad, pero mi conclusión fue que eso era demasiado para mí. Hay personas en este mundo que creo que merecen el odio de los demás, y eso de ir relativizándolo todo me parece un ideal imposible. También estaba a favor de abolir la policía, y a mí eso me parece de hippie total, en el mal sentido. Hicimos algunas meditaciones juntos, y amplió mi curiosidad por la ayahuasca (no creo que nunca la vaya a probar). Una persona increíble, la verdad.
Eran las tres de la tarde, y a causa de haber estado bicheando Uber Eats antes, ya me pica el gusanillo y pido McDonald’s a domicilio. Un menú McRoyal Deluxe con zumo de naranja, patatas deluxe y una hamburguesa de un euro de complemento, y aparte un Big Mac. Tres hamburguesas. Lo de que desde hace un par de años uso la comida para llenar vacíos lo omitimos. 18 euros. Acepto voluntariamente que me estafen. Como el McDonald’s tampoco está muy lejos de casa, una vez que recibí la notificación de que el repartidor ya había recogido mi pedido me puse las zapatillas y bajé a recepción a esperar, para sentarme en uno de los sillones que había entorno a una mesa con revistas encima. Recordé que quería preguntarle al recepcionista sobre el gimnasio, ya que no sabía si venía incluido con el alquiler o tendría que pagar un extra (es la segunda opción seguro). Pero al instante me percaté de que era una mala idea. A los pocos minutos de preguntarle por el gimnasio, me vería arrastrar una bolsa del McDonald’s hasta el ascensor. “Menudo friki”, pensaría, “diciendo de ir al gimnasio mientras se mete por el culo mierda hasta reventar”. Tampoco podía preguntárselo por la tarde, porque seguiría recordándome. No me quedaba otra que esperar al cambio de turno mañana por la mañana.
Antes de que el repartidor tuviera que llamarme yo ya estaba fuera, porque siempre espero mis pedidos a domicilio con atención neurótica. Crucé la sala principal deseando que otros clientes distrajeran mientras tanto la vista de los recepcionistas. Ya en mi habitación/estudio (técnicamente es un estudio, pero a la vez una habitación de hotel, así que no sé cómo llamarlo), coloqué la bolsa en el suelo al lado de la pequeña mesa de comedor, y puse mi portátil en frente para ver algo mientras comía. Guardé el zumo de naranja en el frigorifico, ya que eso me serviría para desayunar mañana. En su lugar, para beber mezclé un poco de cerveza con Fanta de limón. Fui devorando poco a poco las hamburguesas, notando que el sabor del McDonald’s me resulta cada vez más infantil y exagerado, cosa que celebré al entender que algún día mi cuerpo acabaría rechazando naturalmente este tipo de alimentos. No obstante, es un hecho que ME ENCANTA que mi comida venga en cajas, como si fueran unas nuevas Nike. En el ordenador me puse un vídeo de una periodista estadounidense hablando sobre cómo la Administración Trump había dado carpetazo al caso Epstein. Cuando ya iba por la tercera hamburguesa, la McRoyal, noté algo muy desagradable en la salsa, algún condimento (o algún químico, mejor dicho) que no me gustaba nada. Me acordé de que ya me pasó la última vez que la pedí. Vez en que también me prometí no comer esta porquería nunca más. Tengo poca memoria, parece. Aun así, me la comí entera. Y mientras lanzaba un estruendoso eructo, pegué un bote sobre el asiento. MIERDA. Se me había olvidado que la semana pasada me había hecho vegetariano. Bueno, que la semana pasada le había dicho a todo el mundo que me había hecho vegetariano.
Metí todos los restos en la bolsa del McDonald’s, la hice un buruño y me tumbé en la cama con el móvil. Me metí en TikTok. Un vídeo de Yenesi paseando un perro con mechas lilas. Comentarios: “Muchos discursos en el Orgullo, pero luego haciendo postureo con el maltrato animal. A un perro no se le tiñe”. Un vídeo de un iraní vestido de esmoquin por la noche, bailando en una carretera de tierra el Hung Up de Madonna mientras se ve una lluvia de estrellas a sus espaldas, que en realidad eran misiles iraníes cruzando el cielo en viaje hacia Israel. Comentarios: “El mejor vídeo que he visto en años”. Un vídeo de un agente de Tecnocasa enseñando un piso bien iluminado, muebles del Ikea y con suelo de parqué en Carabanchel, por 420.000 euros o 1.200 euros al mes. Comentarios: “La okupación es una forma legítima de resistencia contra la opresión económica en la sociedad actual”. Le doy like. Al comentario, digo.
Como sé que el hecho de haber dormido hasta casi las doce de la mañana no será impedimento para que me vuelva a entrar sueño, decido meter el portátil en la mochila y bajar al área de coworking de la primera planta, para ponerme a escribrir allí. Ya sentado, de espaldas a la cristalera que da a las mesas exteriores y a la piscina, recibo una notificación de WhatsApp. Anda, justo pensando en ella. Es Lucía, la cordobesa iluminada que precisamente está ahora de vuelta en Islandia.
Me había enviado de la nada una foto de cuando fuimos a ver un volcán en erupción, en la que se a un lado la lava aproximándose, y a otro yo sentado sobre la tierra abrigado hasta los dientes y bebiendo de su kombucha. Bebida que, obviamente, pegaba mucho con su personalidad.
Le contesto a la foto:
—Bebiendo bacterias en frente del fueguito.
—¡En mi cumple! —responde. Jolín, qué buen cumpleaños tuvo la jodía, conectando bien fuerte con los fenómenos naturales.
—¿Cómo vas por allí arriba? —le pregunto.
—Bien hombre, bien, gracias. Acabo de salir del curro y estoy tirando para la Iglesia, a echarme unos rezos. ¿Cómo vas por allí abajo? ¿Está apretando mucho el calor? —Su forma de hablar siempre me hace descojonarme.
—Jajajajaja —respondo a lo de la Iglesia—. Me he mudado a un sitio raro que es un hotel. No tengo calor porque hay aire acondicionado que de hecho quiero apagar y no puedo porque no funciona bien. Se me han pasado las ganas de aprender programación, y ahora solo quiero leer y escribir, y estoy pensando en irme de Madrid en septiembre.
—Todo se te va a pasar menos los caprichos de tu yo profundo. Esos duran un poco más —le doy like al mensaje.
En respuesta a lo de irme de Madrid, me dice:
—Bien.
Volviendo a su mensaje sobre “echarse unos rezos”, le pregunto:
—Pero, ¿rezos cristianos, católicos, protestantes, budistas, hindúes o metafísicos?
—Cualquiera te puede valer —responde.
Siento mucha envidia de Lucía, porque ella sabe lo que quiere, lo que busca, y se ha lanzado a ello sin ningún miedo o duda. Encima, según me contó, sus padres están bastante tranquilos al respecto y no cuestionan su visión alternativa sobre la vida. Ha estado en un montón de grupos hippies, en retiros por montañas de Andalucía, haciendo limpiezas de estómago de una semana en la que solo comen frutos secos, y no le importa trabajar limpiando la mierda de otros en un hotel en Islandia porque ella está siempre vibrando alto. ¿Por qué tiene que importarme tanto lo que piensen los demás?
Dejo el móvil y abro la tapa del portátil. Tengo que pensar bien qué es lo que quiero escribir exactamente. Estos días he pensado que, tal vez, si escribo aunque sea una pequeña novela, más o menos apañada, podría hacérsela leer a mi padre a modo de adelanto de lo que esconde mi potencial como escritor. La cosa sería decirle: “Papá, tras pensarlo mucho veo buena idea ya lo de irme de Madrid y entrar en el estudio de tu bloque. Pero quiero hacerlo por un motivo: quiero retirarme a escribir”. Mi padre, aunque tuvo él mismo esperanzas de que me hiciese escritor en el pasado, me considera ya un caso perdido, por no haber leído suficientes libros ni haber demostrado talento de ningún tipo más allá de un par de pequeños relatos que escribiría con 14 o 15 años. Por ello, me respondería algo tipo:
“Pero bueno, ¿tú que te has creído? Osea que lo que quieres es meterte aquí como un okupa y no dar un palo al agua. A vivir de gratis. Pues sí, hombre. Con 27 años y ya a vivir del cuento. Vaya pánfilo. Menudo piojo”.
Para contrarrestar ese ataque, yo le entregaría en mano una copia impresa grapada y en tamaño A4 de mi borrador, en un tamaño de letra lo suficientemente grande para no necesitar el zoom del que sí disponen las pantallas digitales. “Para no proponértelo con las manos vacías, te traigo este pequeño de novela para que veas por tú mismo, que realmente he empezado a escribir y es por algo que digo que es lo que quiero seguir haciendo el resto de mi vida”.
Como si mi padre fuese un editor extremadamente difícil de impresionar, tendría que entregarle unas páginas que justificasen el adelanto de 5.000 euros con el que ir tirando. En mi caso caso, el adelanto de un piso, de un techo.
Sí, me parecía una buena idea. Solo tenía que buscar un argumento que pudiese resonar con un hombre ya camino de los 70 y con una forma de ver el mundo un tanto vintage, por decirlo así. Una novela sin mariconadas, vaya, sin referencias al sexo anal, y que pusiera en valor el arduo trabajo en el campo de los agricultores, y criticase comportamientos irracionales como el abandono del marido por un amante o la persecución de carreras profesionales artísticas. Sí, algo así le gustaría. Por otra parte, como mi padre se piensa que soy tonto, podría aprovechar para desplegar en la novela partes del monólogo interno que llevo por dentro y de cuya hondura muy pocas personas son conscientes, haciendo alarde de mis reflexiones mas profundas. Por ejemplo, podría hablar en algún momento de cómo tras meses de investigación sobre la filosofía budista he concluido que la reencarnación, lejos de ser un alivio que promete siempre una segunda oportunidad, es para mí una grave amenaza, porque solo con pensar que esta puta tortura puede repetirse infinitas veces pierdo el sueño por la noche. Y sobre la religión católica… bueno, mejor de la Iglesia no digo nada.
Perfecto. Ahora necesitaba un título, aunque sea provisional, porque me resulta muy raro ponerme a escribir sin, como mínimo, una palabra o frase que sirva de faro.
Llevaba en estado de concentración unos cinco minutos, y se me hizo bola, así que abrí un momento Twitter para espaciar la mente. Tres tuits que leí:
“Primera vez, en más de 30 años de docencia, en que no hay matrícula en Griego I. Las Humanidades, asfixiadas secularmente por tecnócratas acomplejados, sucumben a esta ola de zafiedad y banalidad que recorre el planeta. Caminamos hacia el abismo” - @Nesiakrenaia.
“ÚLTIMA HORA: OpenAI planea lanzar un navegador web potenciado por inteligencia artificial para competir con Google Chrome, según Reuters” - @spectatorindex.
“La obsesión por la “precisión” en los “modelos” matemáticos refleja una confianza ideológica en la cuantificación y la formalización, que legitima el statu quo capitalista al presentar los modelos como “objetivos”” - @OmarMontoyaSua1.
Cierro Safari y abro una página en blanco del editor de textos.
En realidad Mariliendre no es de los Javis. Pero luce tanto a su sello característico que yo la identifico así. Encima su creador también se llama Javi (Javier Ferreiro).
El LL es un famoso bar de travestis de Chueca. Aunque yo he estado más veces en Delirio Live que en cualquier otro.

