Fue la tercera mañana seguida que me desperté con la cara enterrada en el colchón, bajo la almohada, tapado hasta arriba y con el frío metido en el cuerpo de mala manera. El culpable es el termostato que, como decía, hace lo que quiere y se resetea a 24 grados independientemente de que yo lo suba o lo apague. No entiendo por qué. Así que decidí pasarme por recepción antes de acudir a la máquina de café para comentarles este problema, pocos días después de quejarme por lo de la ducha (que sigue sin arreglarse). Hice lo que hago todos los días en los que no me siento del todo limpio, pero me da pereza ducharme. Uso mi bañador como pantalón y la camiseta del día anterior, así no gasto ropa nueva. Bajo a recepción y está el mismo chaval que la otra vez (no creo que supere por mucho los 30).
—Hola, buenas. —dije, comprobando que el chico levantó la mirada hacia mí solo cuando empecé a hablar, y no antes— Perdona, pero es que me pasa que no sé si es porque hay algo del control aire acondicionado que no entiendo o qué, pero cada cierto tiempo vuelve a ponerse a 24 grados aunque yo lo cambie. Porque yo lo subo a 26 o 27 grados y cuando vuelvo me lo encuentro otra vez en 24. Y además es que si lo apago, se vuelve a encender al raro.
Poniéndose la mano sobre la barbilla, aparentando atención, el recepcionista me responde:
—Ah, vale, entiendo. Lo que ocurre es que el termostato reinicia su configuración periódica y automaticamente y se restablece a su valor predeterminado. ¿No? —Joder, otra vez el eufemismo técnico que denigra y menosprecia mi padecimiento. Una forma controlada de expresar que la maquinita cobra vida propia y toma sus propias decisiones.
—Sí, bueno, es eso, supongo —respondo con toda la sequedad que me permite mi timidez huidiza del conflicto.
—Vale, pues te cuento. Te metes al portal web de la residencia, y en la sección de Mantenimiento, explicas el problema, y alguien irá a revisarlo. Es normal que el sistema se reinicie al salir y volver a entrar a la habitación, pero no mientras estás dentro, como dices.
Me quedo de piedra, dándome cuenta del infierno de indiferencia en el que uno cae al exponer un problema en este lugar. Me ha dado exactamente la misma respuesta que para lo de la ducha. Problema que, por cierto, no me ha mencionado, porque ni se acuerde, seguro que por culpa de la chica que la saludó efusivamente en cuanto terminé de hablar con él la otra vez, desatándole algún subidón hormonal que le borraría toda su memoria a corto plazo.
—Vale. Okey —dije, visiblemente resignado pero sin causar mayor alboroto.
—¡Hasta luego!
Me cojo el café con leche y vuelvo a subir a mi habitación. Apago el aire, aunque sé que es inútil, y abro la ventana para que entre un poco de ese aire ardiente de Madrid en verano que tan duramente me había apaleado los años anteriores que pasé en la ciudad.
Puse la radio, cadena SER, en el móvil. No porque me guste la radio, cosa supongo previsible en un egresado de Periodismo, sino porque tardo menos tiempo en poner la radio (es solo abrir la app y darle al botón) que buscando un vídeo de mi interés en YouTube y esperar a pulsar en “Saltar anuncio” dos veces como mínimo. Después cojo y me descargo Grindr y Tinder, después de que hace dos semanas decidiese, por vigésima vez, no usar apps para ligar. En cuanto pasan unos días, mi sensación de estar perdiéndome algo superan la sensación de estar mejorando mi salud mental evitando las horribles mecánicas de estas aplicaciones. En realidad no sé para qué me descargo las dos. Todos están en las dos a la vez. Buscando sexo casual en Grindr y relación estable en Tinder. Con una basta.
Tras perder tiempo (el que me ahorré poniendo la radio en vez de YouTube) en rellenar una vez más mis perfiles, abandono el móvil en la mesa como esperando que de pronto explote, y veo que en una de las baldas de la estantería tengo esa pequeña libreta que me regaló mi amiga Clara, en Málaga. Me la compró para que anotase en ella, cada noche, las cosas por las que estaba agradecido. Uno de esos ejercicios super típicos que supongo que me mandaría hacer mi psicólogo, si tuviese uno. Me da pena defraudar a Clarita no usándola. La abro y recuerdo que me escribió una pequeña dedicatoria en la primera página. “Te quiero y sé que necesitas creer más en ti y en tus capacidades. Cree más en que lo conseguirás y en que el puesto que quieras será tuyo (corazón)”. Lo del trabajo es porque justo ese día, hará ya unos meses, acababa yo de participar en un proceso de selección para un trabajo que me hacía ilusión conseguir, y le dije a Clara que veía muy difícil que me cogieran. Al final no me dieron el curro.
Abro el portátil para ir mentalizándome de escribir algo. Al final, el otro día solo concluí que la novela, para entrarle bien a mi padre, debería tener un título así de rollo telenovela de La 1, haciendo referencia a algún elemento campestre, y de sonido clásico y puro. “La fuente de la Jordana”, por ejemplo, en referencia a una fuente por la que siempre pasábamos cuando de pequeño íbamos a la aldea de mi abuela. De esa fuente, a un lado de una carretera que pasaba debajo de un pequeño puente, siempre salía agua a borbotones. Lanzaba agua en un chorro gordo y denso, que me sorprendía dada la naturaleza árido y seca de ese trozo de tierra a las afueras de Jaén. A mi padre le encantaba rellenar botellas con esa agua, aunque supusiera más trabajo que simplemente comprar garrafas en el supermercado.
Sí. Con un título así y una trama que pusiera en valor las raíces campestres de muchos españoles, con un personaje principal que decidiese abandonar la ciudad para volver al pueblo tras decepcionarse del brillo de los rascacielos, daría con una novela que le encantaría. Y así, me daría vía libre a retirarme a escribir en el estudio.
Pero, antes de escribir nada, me meto en LinkedIn para ver si hay alguna novedad. No sé, alguien ofreciéndome trabajo o un perfil interesante solicitándome ser mi contacto. Entro en mi perfil y lo encuentro sin notificaciones, pero ya que estoy, cumplo mi rutina de pulsar sobre algunos de los perfiles recomendados que me salen en la barra lateral para cotillear sus trayectorias académicas. Eso era un vicio. Un stalking profesional.
Pedro Paredes Mancebo: Periodista especializado en comunicación corporativa.
Universidad del Museo Social Argentino: Grado, Licenciatura en Periodismo (2020 - 2021). Universitat Oberta de Catalunya: Máster, Comunicación empresarial (estudiando actualmente).
Tomás Palomo Bastida: Periodista y escritor.
Universidad Nacional de Mar del Plata: Ingeniero Agrónomo (1973 - 1981).
Lucas García Villareal: Periodista cultural.
Universidad CEU San Pablo: Licenciatura, Periodismo (1996 - 2002). Inesdi Business Techschool: Posgrado en Comunicación Digital y Branded content (2020 - 2021). Segurisa Servicios Integrales de Seguridad SA: Técnicas de control ante situaciones de estrés, pánico y ansiedad (2022 - 2023).
Pues el ingeniero agrónomo no tuvo que andar con posgrados después, y ahora escribe y trabaja en la radio. Me anoto su ruta académica en una hoja de Word en la que apunto carreras o recorridos universitarios que podrían llevarme a cumplir mis objetivos.
A continuación, me pongo a repasar Twitter haciendo scroll con la mano izquierda, mientras que con la derecha vuelvo a coger el móvil, abro Tinder, y empiezo a mover el dedo de izquierda a derecha para darle like a todos los perfiles que me arroje la app. Revisar todas las fotos de todos los perfiles es muy cansado. Es trabajo gratuito que hacemos para la app, y es en esos minutos de fijamiento cuando me entran los complejos y dudas sobre mi propio cuerpo, efecto de la comparación. Por ello, pienso que es mejor darle like a todos cuanto puedas sin mirar, y luego ya seleccionar de entre los que te hablen. Es la solución perfecta. Procedo así, moviendo la mano derecha de abajo arriba en el touchpad del portátil, y la izquierda de un lado a otro, hasta que salta la pantalla de máximo de likes por día alcanzado.
Mientras tanto, escucho a Àngels Barceló (la presentadora de la radio, que sigue puesta, y cuyo nombre me encanta por las tildes al inicio y el final) decir que según el último informe de Idealista, con datos del Banco de España, el alquiler en la capital ha subido un 3,5% en solo un mes, marcando un récord histórico. Intento recordarme que a mí eso no me tiene que preocupar tanto, porque mi padre me manda dinero al mes. Dinero que sale, supongo, de los pisos en alquiler que tiene en Benalmádena. Habiendo comentado otros titulares de por medio, la presentadora destaca otra noticia llamativa: Barcelona se ha convertido oficialmente en la ciudad “más masificada del mundo”, con 200.000 turistas por kilómetro cuadrado. Intuyo que en Barcelona también se pondrán de moda los co-livings.
Cierro el navegador y recupero la hoja en blanco que tiene nombre, La fuente de la Jordana, para empezar a ser productivo en el día de hoy (son las 12 y media). Aunque el título evoque tiempos pasados, ni de broma puedo plantearme escribir una novela histórica, ya que por muchas batallitas que me haya contado mi padre, sigo siendo un ignorante integral y tendría que tirarme meses enteros estudiando la España de posguerra para hacer algo mínimamente creíble. No, la novela iba a transcurrir en el tiempo contemporáneo, aunque sí que tratase las discrepancias entre la forma de vida urbana y cosmopolita y la rural. Bueno, la vida rural, ahora que lo pienso, también es cosmopolita, dada la cantidad de negros que se encuentran por esos pueblos de Jaén a los que van para la recogida de aceituna. Lo que no tengo tan claro es cómo será allí la convivencia, porque he escuchado a familiares de por allí quejarse de que los negros se están quedando con las casas. Con las casas vacías, me refiero. Vacías porque los que vivían allí antes dejaron de querer vivir allí.
Mientras debatía mentalmente sobre las características generales del relato que me preparaba a escribir, fueron llegándome mensajes a Tinder. Lo mío era pesca de arrastre, pero, como decía, no es por desesperación, sino por pragmatismo. Entro a ver qué me han escrito:
Feliz: hola guapo
Matt: Hola guapo que buscas?
Daniel: Hola
Álvaro: Qué tal?
Carlos: Qe tal la mañana??
Jose: Hola bebé
Pensando en qué mensaje de estos es el mejor, diría que es el de Carlos. Aunque usa la trillada fórmula del “¿qué tal?”, ubica la pregunta en un contexto concreto y significativo: “la mañana”. O sea, esta mañana, la mañana en la que hemos hecho match. El preguntar sobre esta misma mañana también denota su interés por iniciar la conversación rápidamente (si esperáse un poco en contestar, la pregunta caducaría porque “la mañana” habría terminado). También me gusta el doble signo de interrogación, ya que implica algo de desenfado y simpatía, frente al lenguaje ahorrativo o austero de los otros. Entro en su perfil y veo que está rellenito, así que no le hablo. Al que me dice “Hola bebé” no le contesto, porque mido 1,80, y probablemente él sea más bajito que yo, así que lo de bebé no casa bien. Al de “Hola guapo que buscas?” tampoco le hablo porque la pregunta es propia de Grindr, no de Tinder, y es importante adaptarse a los contextos. Entro en el perfil de Feliz, ya que su mensaje es sencillo pero adulador. Leo su descripción: “No cerrado a relaciones abiertas”. Paso.
Entro en Grindr, y veo que un tal “Daddy”, sin foto, me ha hablado, sin adjuntar tampoco foto en el mensaje, pese a que en mi descripción tengo puesto, bien claro, que tienen que hablarme con foto. Aun así, le respondo con un “qué tal”. Doy un repaso rápido al feed, lleno de perfiles anónimos, emojis de berenjena y melocotón, banderas de España y torsos definitos. Me fijo en un perfil con foto de cara, que lleva por título: “Doy (emoji de berenjena) (emoji de gotas de agua) (emoji de gotas de agua) (emoji de gotas de agua) (emoji de gotas de agua)”. Leo su descripción: “No me hagas perder el tiempo, lo que ves es lo que hay. Si te gusta bien, y si no me la suda. Unas cañas y vamos viendo. Gente sin traumas, nada de drogas, ni chill, ni mierdas varias. Nada de follar a pelo. Si buscas pollón, sigue buscando”. Así que sigo buscando.
Decido que tengo que borrarme la aplicación porque no me aporta más que pérdida de tiempo, anuncios publicitarios invasivos y complejo físico, aunque sé que no tardaré mucho en sufrir otro ataque de soledad que me incitará a volverla a descargar. Son ya la una, así que decido, para forzarme un poco a hacer algo, bajar a la sala de coworking al lado de las máquinas de vending.
Hay un par de chicos, cada uno en una mesita, lejos el uno del otro, que también están con sus portátiles y auriculares, haciendo sus cosas. Yo me sitúo en una mesa más amplia, circular, en medio de ellos, mirando hacia el párking. Algunas personas con maletas van y vienen por los pasillos, y yo siento la necesidad de advertirles que es posible que la ducha les ataque con temperaturas máximas cada 30 segundos.
Abrí el procesador de textos y empecé a escribir lo que sería el primer capítulo de La fuente de la Jordana. En este, el protagonista, una variación de mí con dos años más y carnet de coche, se dirige él solo a una recóndita aldea de Jaén, y va meditando un poco acerca de la decisión de volver a este pequeñísimo pueblo aceitero a medida que va cruzando los lagos verdes de olivas a ambos lados de la carretera.
Y me doy cuenta de que esto de haber tenido que meterme a vivir en una residencia de estudiantes, como si acabase de llegar a Madrid con 18 años cuando llevo aquí casi diez, es haber vuelto a la primera casilla. Al punto de partida. No había progresado nada.

