En el fin de semana de Halloween hice una visita rutinaria a mi ciudad natal, en Andalucía. AVE de ida el jueves pasado y vuelta este martes pronto a la mañana, a tiempo para llegar a las 11h a una reunión de trabajo. Cuando regreso a casa de mi madre siempre sucede un mismo fenómeno. Lo que ocurre es que antes lo achacaba sin más a la pereza, a la vagancia, pero creo que ahora he encontrado su sentido: una inesperada rendija por la que la depresión se vuelve más visible que de costumbre.
En Madrid lo tengo todo más o menos en orden. Me conozco y sé cómo van mis bajones y subidas. Por lo general me encuentro algo decepcionado conmigo mismo por las repetidas veces en las que no me logro despertar todo lo temprano que debería, debido llanamente a la falta de disciplina y al profundo horror que me supone levantarme de la cama y asumir que es un nuevo día y que hay que seguir con todo pese a lo poco que me apetece. Pero, más allá de esos días empezados a las 11 en lugar de las 8 de la mañana como me gustaría, por lo general la responsabilidad del vivir solo y los deberes de la convivencia en un piso compartido ejercen suficiente presión como para forzarme a continuar fingiendo que soy una persona funcional.
Parte de esta coraza se desmorona cuando vuelvo a mi pueblo. Cuando me dejo caer por casa de mi madre durante unos días, aunque de alguna forma busco también descansar de la rutina de Madrid, normalmente quiero seguir trabajando en una u otra cosa. Es decir, no es que baje a tomarme unas vacaciones, sino a hacer una visita y a sentirme arropado, pero continuando con mis quehaceres a distancia.
Las noches que pasé allí fueron muy buenas. Casi todas consistieron en ver una película con mi madre. También el viernes de Halloween. No salí. Me quedé viendo, si no recuerdo mal, Parásitos, peliculón que vi por segunda vez porque mi madre no la había visto y porque yo, que por lo general odio ver la misma película dos veces, hice una excepción por lo buena que es.
La película es realmente increíble por aquel momento (spoiler ahead) en el que descubrimos ese sótano y la cámara baja vertiginosamente por esas terroríficas escaleras tipo Saw que no sabemos a qué tortuoso escenario nos llevarán. Pues bien, también yo paso por momentos en los que mi leitmotiv general cambia por completo y de pronto me quedo tieso. Estoy hablando de las mañanas en casa de mi madre, completamente improductivas, en las que tras levantarme (incluso a hora razonable como las 9 o 10) y desayunar, acabo, pese a haber planeado desempeñar tal o cual tarea, volviéndome a acostar y levantándome solo por la obligación de atender el aviso “ya está la comida” (bueno, ya he cogido costumbre de entrar a la cocina antes de eso para ofrecer ayuda, todo sea dicho).
Y no, no se debe a que haya dormido poco la noche anterior. Allí duermo estupendamente, en mi cama de siempre. De hecho, me llega a pasar lo contrario: creo que la hipersomnolencia es tal que me produce después dolor de cabeza: tuve, de hecho, que tomarme un Paracetamol el domingo a la noche. Es un dolor de cabeza producido, creo, por dormir a deshora, que reconozco al instante y que sé que no desaparece hasta que restablezco de alguna manera el sueño. En esta ocasión, por alguna razón se me prolongó incluso al día siguiente, permaneciendo un eco leve no muy molesto pero persistente.
Lo que yo interpretaba es que esto de volver a dormir después de desayunar y antes de comer (sin perjuicio de volver a dormir siesta después, incluso) es un síntoma depresivo de los que me pueden entrar al volver a mi pueblo y comprobar que mi vida allí tampoco es gran cosa. La pregunta es, ¿por qué me da esta modorra tan grande allí mientras que en Madrid, ante circunstancias similares, parezco capaz de sortear el malrrollismo? Pues creo que he dado con la respuesta.
Llevo ya tiempo acostumbrándome mucho al café de por la mañana. También al de la tarde. No debería beber mucho café porque me destiñe los dientes, y porque a menudo me obliga a ir al baño a deshora. Sin embargo, me lo tomo porque necesito de alguna manera meter en mí un estímulo que me incite a tomar acción y ganar vitalidad. De lo contrario, me veo aletargado sin posibilidad de concentración ni motivación durante todo el día, con el único deseo de dormir pese a haber disfrutado de casi 8 horas la noche anterior. Pues, en casa de mi madre, también me tomo ese café con leche. ¿La diferencia? Que mi madre siempre, siempre se equivoca, la pobre, cuando va a coger de la balda del Mercadona el bote de Nescafé soluble. La vista no la tiene tan fina como antaño, y no atina a ver la especificación “Descafeinado”. ¿Será que el café no me funciona solo como placebo, y que realmente mi cuerpo nota cuando no hay cafeína en el vaso que me he bebido? Ha de ser eso.
Bueno, entiendo que hasta cierto punto será normal que el cuerpo reaccione cuando no le estás dando el alimento que le sueles dar; cuando le engañas con leche manchada que en realidad no contiene cafeína. ¿Pero es lo bastante como para dejarme inconsciente en cama? ¿Es la ausencia de café equivalente a un tranquilizante de caballo? O peor, ¿es realmente mi cuerpo incapaz de hacer nada sin cafeína?
No voy a sensacionalizar. Sí, sí que es capaz, porque la propia pereza de ir a comprar deriva en muchos días en los que me levanto en Madrid y no queda café, y no por ello me quedo durmiendo si tengo alguna reunión u otra obligación que atender. Eso sí, no hay duda de que lo que hago al menor tiempo es ir al Dia a comprarme un Kaiku, o si tengo un Starbucks cerca, acudir a darles mi dinero. Un pequeño vicio que me permito, dado que no fumo ni me drogo, y entiendo que todo el mundo tendrá que hacer algo. Lo de beber té es que lo veo una mariconada, y siendo yo gay, intento reducir un poco aquí y allá…
En fin, que beber descafeinado durante varios días puede ser una experiencia de terror psicológico: el que me produce verme incapacitado para hacer algo durante casi toda la mañana: el bajón cuando creo que después de desayunar tendré una motivación para currar que nunca llega. El suspense que produce no saber si es un cuadro depresivo lo que tienes bajo el capó cerebral, o es simplemente una adicción afianzada pero poco preocupante por lo normalizada que está. En mi defensa, ojo, tengo que decir que los sueños que uno tiene cuando duerme a medio día son inmejorables, con una nitidez y consciencia que roza lo lúcido, y que me permite experimentar el gran potencial de la mente como nunca puedo hacer por la noche, no sé por qué.
Un bote de descafeinado podría ser un disfraz de Halloween, aunque la sola idea me produce cringe. También da cringe ir al Starbucks. Creo que voy a dejar de hacerlo.
Debería comprar otro bote de café y listo. Pero es que mi madre no toma soluble, y me da pena tirar comida.

