Unas lecciones personales sobre huella digital
En nuestra exploración por Internet, han caído de nuestro barco incontables tesoros y restos, pruebas de nuestro inexperto paso por allí; expresiones de nuestra efímera existencia.
Es muy positivo que cada vez seamos más conscientes del impacto de nuestra huella digital, aunque para mí hay un matiz importante: la razón para preocuparnos debería ser exclusivamente cuestión de privacidad y seguridad, y no temor a que una empresa pueda no contratarnos por un tuit antiguo o una foto poco agraciada. Lo primero me parece un tema de consciencia de la realidad; la segunda, una forma moderna de marginación y censura sistémica a aquellos que han podido usar las redes para difundir anticapitalismo o similares, por ejemplo. Una forma de exclusión ideológica que no debería tener cabida, al igual que no la tiene la de motivos de etnia o condición sexual, por ejemplo.
En cualquier caso, la huella digital cobra ya tanta importancia que incluso nuevas empresas encuentran un nicho de mercado en el que ganar dinero gestionando la eliminación de cuentas o archivos, para lo que tal vez tengan que recuperar contraseñas o entablar diálogo con empresas de redes sociales. En este contexto, vengo a contar mi experiencia, que no me parece mala ni buena, pero que sirve de ejemplo de lo que fue el uso despreocupado de la red en los primeros años de existencia de las redes sociales: la historia de aquellos que se criaron con Messenger, luego Tuenti, luego Facebook, y el resto ya es conocido.
Mil cuentas
No comprendo por qué me entró la obsesión, la neurosis, de crearme decenas de cuentas distintas primero en Tuenti, luego en Facebook, y también en los servicios de correo de Hotmail y Gmail. Era una creación constante de cuentas, con ligeras variaciones de nombre que supusieron mis primigenios intentos por llegar a un nombre artístico o nickname cool, que tan imprescindible me parecía en el medio online.
Este cambio constante de identidad digital cansaba a mis compañeros de clase, que no entendían que quería conseguir o cual era el objetivo de crear nuevas cuentas todo el rato, lo que dificultaba la tarea de etiquetarme en una publicación, por ejemplo, al no llevar la cuenta de cuál era mi nuevo nombre de usuario. Fue un comportamiento enfermizo, que yo tampoco logro entender del todo en la actualidad, aunque creo que quizá fuera un deseo descontrolado por encajar lo que me hizo pensar que tan solo estaba a un clic de lograr la popularidad virtual (que para mí significaba lo mismo que la real).

Pensaba que mi problema de mi fracaso social podía arreglarse con solo crear una cuenta impecable en Tuenti, mediante publicaciones graciosas o un nombre guay. Al ver que no lo conseguía, tal vez creí que con solo crearme una nueva cuenta (con todo el trabajo que esto conllevaba, como agregar de nuevo a todo el mundo y reconfigurar mi perfil), podía de pronto dar con la tecla, nunca mejor dicho, y convertirme en algo popular en redes. ¿Es raro lo que os cuento? Mirad la siguiente captura: 11 cuentas distintas de Facebook, inaccesibles por no recordar su contraseña, y que solo se diferenciaban por un nombre de URL o pseudónimo distinto: sakuberto, saqberto, alberteju, accaur, donabierto (juego de palabras con el que pretendía reapropiarme del insulto “culoabierto”, al más puro estilo Putochinomaricón), variaciones de los apellidos… Una auténtica locura.
Estas cuentas, que quedan ahora con imágenes un tanto ridículas de la infancia e incluso algunas de ellas, bastante invasibas, no parece que vayan a borrarse en ningún momento, ya que no puedo entrar a ellas y Facebook tampoco me hizo caso cuando les envié una petición de eliminación por la presencia de menores de edad en las fotos del perfil. Una buena idea para proteger nuestra huella digital es preservar nuestras contraseñas. Otra, es no crear ochocientos perfiles en una misma red social. Viéndolo con retrospectiva, me preocupa la estabilidad mental de mi yo del pasado. Otros niños no tenían tiempo para crear un nuevo perfil de Facebook todos los días, ya que estaban ocupados yendo a la piscina o jugando al fúbtol.
https://www.facebook.com/alberto798mg
https://www.facebook.com/donabierto
https://www.facebook.com/alberto.garciamendez.902
https://www.facebook.com/alberto.garciamendez.92
https://www.facebook.com/accaur
https://www.facebook.com/alberto.garciamendez.140
https://www.facebook.com/alberteju
https://www.facebook.com/alberto.garciamendez.90
https://www.facebook.com/saqberto
https://www.facebook.com/alberto.garciamendez.10
https://www.facebook.com/alberto.garciamendez.16
Los blogs
Tras estas experiencias en redes sociales, descubrí lo que se convertiría en mi espacio favorito en la red durante mucho tiempo: los blogs. Usé indiscriminadamente Blogspot de Google, WordPress o Tumblr para expresarme en Internet. Me enamoré del concepto de blog y lo sigo estando, aunque en muchos de ellos en realidad no llegaba a escribir apenas nada. De pequeño me encantaba pasearme por la papelería y comprar cuadernos nuevos, que luego no rellenaba de tinta. Con los blogs me pasaba un poco igual: creo que lo que más me atraía era la posibilidad de expresión, más que la expresión en sí. En lugar de escribir en ellos, mi divertimento venía de editar los temas, añadir widgets, cambiar imágenes e iconos y construir identidades digitales, que luego no servían para nada.
De nuevo, encuentro aquí huellas digitales imposibles de borrar, aunque tampoco querría hacerlo: una visita a mis antiguos Tumblr me permite recordar esos gustos musicales y estéticos que permearon e influenciaron mi personalidad hasta hoy. Al igual que hacía con redes sociales, abrí numerosas cuentas, sin motivo ninguno. Mi primer blog lo abrí junto a unos compañeros cuando estaba en el colegio, se llamaba Coleloco. A partir de ahí, jugué con conceptos tan maduros como “Unicorns Garden” [El jardín de los unicornios] y con intentos de nombre artístico en los que cambiaba mi nombre (Alberto) por “Allvert” o “Allvert Garner”, escogiendo ese apellido por su aparente similitud con García y porque lo que quería era un nombre que sonara estadounidense, porque todo lo bueno venía de allí.
Mas allá de los posts, el diseño web, la foto de perfil y los colores querían formar los pilares y muros de un castillo digital propio, aunque luego este quedase vacío de muebles.
https://allverts.blogspot.com/
https://allvertgarner.wordpress.com/
https://sakuberto.wordpress.com/
https://coleloco.blogspot.com/
https://staystrongert-blog.tumblr.com/
https://vnicornlia-blog.tumblr.com/
https://euiwgaliew.tumblr.com/
Todo esto antes era campo
Mis primeras incursiones en Twitter e Instagram también han quedado para siempre enterradas como fósiles (pero bajo superficie transparente) en cuentas de las que perdí el acceso. Tuits que ahora sirven de documento historiográfico sobre cómo funcionaban las primeras interacciones en la red social que muchos años después mataría Elon Musk disparando al pájaro azul, y marcándolo con una X como la parte del barco atacada en el juego de mesa Hundir la flota.
En esa época, descubrir personas y hablar con cualquiera era más fácil, ya que no había distinción entre tuitstar, influencer y campesinos: podías mencionar a quien fuera y con toda probabilidad te contestaría. También podías conectar con otros fans de Lady Gaga, sentirte comprendido en las ganas de autodestruirte o compartir lemas de popstars Disney como el Stay Strong de Demi Lovato. Para que te reconociesen como igual tan solo tenías que incluir el símbolo de la cruz cristiana en tu perfil, elemento estético de referencia a Lady Gaga y quizá también a la cultura gótica online.
En esos perfiles antiguos puedo encontrar incluso ligues digitales, en interacciones con otros usuarios con los que quise entablar una relación romántica, aunque todo finalmente se quedara en sexting prehistórico. También encontramos los síntomas de lo que más tarde sería la duplicación de la realidad en las redes sociales: notificábamos al mundo de haber pasado la tarde con una amiga tuideando algo como “Diita suuuUper GuaYY con SilviA, La mejor te AMO<3”, como si a alguien tuviera que importarle.
https://x.com/AlvertGM/
https://x.com/AlvertGarden
https://x.com/Sakuberto
https://www.instagram.com/alvertgarden
Del zoo al infinito
YouTube fue ya de lo último: también allí acabé subiendo alguna cosa, tras años de influencia por la Yellow Mellow de la canción contra la Ley SOPA, los VAPEs de Jpelirrojo y la enormísima tropa de jóvenes creativos, que ahora han privatizado muchos de los vídeos en los que expresaban su humor, poesía, dotes actorales o música. Internet era el medio artístico definitivo. El que tuviera la lista de likes en público o recuerde su contraseña, podrá viajar en el tiempo y redescubrir los vídeos que empezó consumiendo en YouTube, antes de que se llenase de influencers y empezase a copiar a la televisión. Cuando todo lo que se subía era, como mínimo, original (aunque la inspiración de los primeros youtubers españoles fuese importada de Estados Unidos, como bien recalca Soyunapringada en la mesa Prolapso de Internet).
https://www.youtube.com/UnicornsGarden
https://www.youtube.com/@ALLVERT
Atrás quedan también las cuentas en páginas concretas que simbolizaban una aspiración u otra: los escritores wannabe que compartían su obra en la web Tustextos, o la de los fotógrafos principiantes que suben cosas a Flickr.
https://tustextos.com/allvert
https://vimeo.com/allvertgarner
https://www.flickr.com/photos/allvert/
Yo quería tener presencia en todos lados, aunque al final nunca compartiese apenas contenido propio. En realidad fue en Tumblr donde más prolífico fui, porque no tenía que crear yo nada, sino tan solo repostear aquel chorro potente y abundante de estética de teen depresivo, que escuchaba a Miley Cyrus y a Marina and the Diamonds, y que encontraba en el posteriormente denostado contenido erótico (y directamente pornográfico) de Tumblr las primeras referencias a su sexualidad.
Levantamos las redes sociales los marginados que no iban a jugar al fútbol después de clase, y que encontrábamos en Internet la plaza pública en la que nos sentíamos cómodos expresándonos. Ahora, parte de nuestra vida queda a la deriva y fuera de nuestro control, en forma de enlaces que acabarán rompiéndose cuando los gestores de los servidores así lo decidan, o cuando fusiones empresariales den lugar a barridos generales.
Viva Internet.












