Los lunes por la mañana (supuestamente a las 10, pero luego nunca se sabe) tenemos reunión por llamada de WhatsApp con nuestro jefe, un sueco excéntrico con una galería de arte en Madrid y otra en Marbella. Encontré este trabajo hace unos cuatro o cinco meses por LinkedIn. En una oferta de empleo, más escueta de lo habitual, se decía que se buscaban periodistas económicos con buen inglés para un medio de nueva creación en Madrid. Me apunté y un tal Johannes me escribió un email invitándome a una entrevista en una cafetería del centro. Fui, y lo que me encontré fue a un señor, no joven pero tampoco anciano, rubio y un poco gordo, que empezó a hablar y no paró en un rato bien largo. Él mismo confesó que tenía trastorno hiperactivo, y se notaba, desde luego. Habló largo y tendido sobre lo que él consideraba que era una nueva era de oportunidad para empresarios y ciudadanos de a pie, usando las criptomonedas y otras nuevas tecnologías para ganar dinero en una sociedad que se volvía cada vez más oscura y un mercado laboral esclerótico. Dijo que algo debía de ocurrir para evitar un colapso total en Occidente, en vistas de que la inteligencia artificial iba a dejar sin trabajo inminentemente a un gran número de personas, personas que en muchos casos serían hombres, probablemente sin pareja porque las matemáticas en este momento no estaban a su favor. Un grupo amplio de hombres descontentos, desempleados y sin sexo, suponían un grave problema social, según decía el sueco, en un inglés que para entender me requería de atención, pero que no era ni de lejos tan difícil como el de un británico. Yo le daba la razón en todo, asentía, y le proporcioné, cuando me lo pidió, una definición a mi manera de lo que era la blockchain. Le vastó, y me dijo que le había gustado mi candidatura, especialmente porque en mi CV no solo me había autodefinido como periodista económico, sino también como periodista cultural. Le dije que al final todo estaba relacionado, y él estuvo de acuerdo. Él era el tipo de persona que ve relaciones en todo, ayudado además por su neurótica mente sin frenos.
Pues desde ahí hasta aquí. Otros dos compañeros y yo trabajamos con él en el lanzamiento de un grupo de medios de temática económica y tecnológica de ámbito internacional. Pero el proyecto no llega a arrancar nunca del todo, ya que en realidad lo que venimos haciendo hasta ahora es bastante inútil. Simplemente vamos subiendo artículos, escritos con inteligencia artificial (instados por el propio sueco), para ir rellenando las webs, calentando motores, y para que sus inversores vean que el proyecto está en marcha, pero no se ha hecho ninguna campaña de marketing ni de SEO que facilite que alguien pueda encontrarnos. Son webs fantasma, que nadie conoce, y aunque hay un argentino en Málaga trabajando supuestamente en el posicionamiento, todo va demasiado lento. Yo he llegado a pensar que todo esto no es más que una trama de blanqueo de capitales. El sueco hace de vez en cuando viajes a Dubái, donde entiendo que formaliza compraventas de cuadros para su galería. Pero quizá no hace esto sino algo más raro, y necesita una iniciativa empresarial más amplia para poder justificar sus ingresos a Hacienda. O bien es eso, o bien al sueco simplemente se le da muy mal hacer negocios, porque los sueldos que nos lleva pagando todos estos meses están muy mal invertidos.
Las reuniones con él tienen por objetivo poner en común nuestro trabajo de la semana y hablar de temas que deberíamos tratar, todo con un aura de ambición que no corresponde a lo que realmente ocurre (que no nos lee nadie) así que su imitación de editor jefe de una newsroom americana es irrelevante.
El reloj del iPhone marcó las 10, pero el sueco no llamó. Tampoco lo hizo a las 10 y 5, ni a las 10 y 20. Yo nunca digo nada, porque asumo que nuestra reunión ni siquiera es una prioridad en la mente de este extraño empresario, que pese a tener ya varias galerías de arte, seguía metiéndose en emprendimientos de dudoso potencial. Pero mi compañero, periodista que trabajó en la misma publicación que yo hace un tiempo, sin que llegásemos a coincidir, le escribe un mensaje, preguntándole si hoy tendremos reunión o no. Johannes responde diciendo que sí, que lo siente pero se le han complicado un poco las cosas. La reunión será a las 11.
Espero hasta las 11 viendo un vídeo de YouTube, y cuando llega la hora, esta vez sí, el sueco llama. Aterrizamos los cuatro en la conexión telefónica. “Hi!”, “hello”, “morning guys”, “morning, hello!”.
El sueco empieza, como siempre, preguntándonos qué tal, y ya por costumbre, nosotros contestamos haciendo referencia a sucesos personales, más que a nuestra situación profesional, porque el trabajo que hacemos aquí en realidad es bastante poco, así que en ese sentido estamos bien. “He estado muy ocupada con el máster”, dice mi compañera, también periodista, brasileña con un perfecto inglés y español, con experiencia en la CNN de Brasil. “Ha sido duro, muchos proyectos al mismo tiempo, los exámenes… Pero ya he acabado, así que todo bien”. “Oh, ok, good, nice”.
Al sueco le noto un tono de voz más apagado y desanimado que de costumbre. Y entonces nos dice (traduzco): “Chicos, tengo que deciros una cosa. Perdonadme pero voy a estar algo desconectado esta semana. He tenido que coger un vuelo a Ámsterdam para ver a mi hijo. Está muy mal. Ya os conté la semana pasada que había tenido una ruptura amorosa. Ha tenido un ataque depresivo y me lo he traído conmigo a España. Ha mostrado tendencias suicidas y hemos venido a un centro psicológico para que puedan ayudarle un poco. Está muy mal. La situación es… Pero bueno, es lo que hay. Yo solo estoy intentando ser un buen padre. Estoy pendiente de él. No puedes quitarle el ojo de encima. Estamos en Marbella ahora mismo, creo que hemos encontrado una buena clínica, pero voy a tener que estar pendiente toda la semana, así que… Sí, eso”.
La llamada se queda en silencio por unos segundos, e imagino que mis compañeros están flipando igual o más que yo. Ya estábamos acostumbrados a que Johannes nos contase sus cosas personales con extraña complicidad, dejando el tema profesional casi a un lado, (lo que no hacía más que reforzar mi teoría del blanqueo de capitales), pero esto sí que no nos lo esperábamos ninguno. El hijo habrá heredado la mente inestable del padre. Una lástima.
“I’m so sorry to hear that, Johannes”. “Yeah, me too”. “Yes, I’m sorry that you are going through that. I hope things get better”, es más o menos lo que le vamos diciendo. Johannes agradece nuestras palabras y dice que va a tener que cortar la llamada. Nos dice que no le preocupa no formalizar las temáticas para esta semana porque sabe que estamos publicando con periodicidad, y que “confía” en nosotros. Nos habla como el capitán orgulloso de unos buenos marineros que van a tener que pilotar el barco una temporada, cuando en este caso el barco ni siquiera ha salido del puerto, por lo que importa poco que el capitán esté dentro del buque o no.

