VI. Al menos no he pedido Uber
Texto narrativo. Parte VI de la serie "El verano más frío".
Noto que cada día me despierto peor. Me despierto con un ligero dolor de barriga, mas bien malestar. Unas ganas de cagar pronto. Y sobre todo ansiedad. Una ansiedad que, si bien no me hace despertar de un sobresalto, me provoca una súbita alerta en cuanto entro en consciencia. Si bien antes podía despertarme un ruido a las 8 de la mañana, y dormirme al poco, ahora es difícil que consiga volver al sueño porque, nada más entrar en vigilia, de pronto me acuerdo del horror del mundo y me pongo nervioso solo de pensar que va a empezar un nuevo día. Tal vez no sea solo cosa de la gravedad del horror sino también un efecto del contraste entre sueño y realidad. Porque últimamente sí me acuerdo un poco de mis sueños, y estoy encontrando el mismo patrón.
Cada vez más, sueño con que alguno de los chicos que me han gustado alguna vez me abraza. Básicamente eso, no sueño mucho con sexo, en realidad. Esta noche, por ejemplo, soñé con el que había sido compañero de piso mío, un chico que parecía bisexual, y que de hecho nos admitió una vez haber tenido la duda, pero que no lo practicaba. Soñé que estábamos hablando de no sé qué, de hacer algo, dar una vuelta o lo que sea, pero que antes íbamos a tumbarnos un poco por estar cansados, supongo. Estábamos en una cama, vestidos, y notaba que él se acercaba bastante, como más de lo normal. De pronto se tumbó del todo y dejó un brazo extendido sobre la cama, aun sabiendo que yo también me iba a tumbar y que no había mucho más espacio. Como el que extiende el brazo sobre tu butaca en el cine, o quien lo deja reposar sobre el filo del sofá en el que tú estás sentado. Una táctica conocida por todos. Yo me hice el loco y me acosté, de espaldas a él pero sobre su brazo, y él me hizo la cuchara.
Recuerdo que la emoción de entender lo que significaba la disposición de su brazo me hacía más ilusión que el acto de tumbarme sobre él en sí. Fueron unos instantes de plena felicidad. Lo siguiente que recuerdo del sueño es que estábamos andando por la calle y me entró hambre, así que entré a lo que parecía un restaurante humilde de platos caseros (en el que nos encontramos a Jordi Évole, por cierto), y yo pedí un arroz a la cubana. Mi chico (podíamos considerarlo ya como mi chico en el sueño) se reía de mí y me regañaba por malgastar el dinero pidiendo un arroz a la cubana, cuando es un plato que perfectamente podía haberme hecho en casa. No sé si esto solo lo pensé o se lo dije: “Al menos no he pedido Uber, he venido yo a recogerlo”.
Así transcurrió este sueño, parecido a otros anteriores pero con otros chicos, en los que todo son cariños sutiles, cercanía y abrazos por detrás. No me extraña por ello que despertarme me produzca últimamente un shock mayor que de costumbre. Además, antes la culpa de que me despertase tarde la tenían estas historias ficticias de romance, ya que en cuanto me sonaba el despertador, lo apagaba al instante y volvía a cerrar los ojos con la esperanza de volver al sueño. Ahora, el trauma del despertar se ha agudizado y el nerviosismo que me invade al instante es tal que no es ya posible intentar un regreso.

