Hoy volví a soñar, pero ya no era uno de esos sueños románticos con algún chico que hubiera sido mi crush en el pasado. Tuve una pesadilla, bien perturbadora, de las que no tenía desde hace muchísimo. No aparecía ninguna entidad malvada, ni tampoco nadie intentaba matarme ni nada por el estilo. Estaba en casa de mi madre, y de pronto ella me llamaba con un grito medio ahogado de su habitación. Abría la puerta del cuarto y me encontraba a mi madre, medio sostenida en la cama con un brazo, como intentando levantarse sin poder del todo, y con unas flores marchitas en la otra mano. Se dejó caer sobre el colchón. Reconocí las flores como las que había en pequeño jarrón de cristal que tenía sobre su cómoda, al lado próximo al del balcón. Nunca supe qué tipo de flores eran. Eran rojizas, pero no eran rosas. Los capullos eran más pequeños. Unas rojizas, otras amarillas y otras como violetas o púrpuras.
Mi madre estaba llorando desconsoladamente, incluso se le notaban las rayas de rímmel corrido bajo los ojos, aunque esto fue una licencia creativa que se tomó mi mente, ya que mi madre nunca usaba tanto. Yo no entendía al principio qué había pasado. ¿Se había caído? ¿Se le había roto algo?
—¿Qué? ¿Qué pasa? —Dije yo.
—Las… las flores —contestó sollozando.
—¿Qué?
—Las… (se sorbía los mocos) Las flores se me han podrido. Mis flores…
Me quedé algo confundido en el sueño. ¿Las flores se pudren? Yo pensaba que las flores se secaban, si no las riegas o lo que sea, pero, ¿pudrirse? ¿Eso es posible? Mire el ramo que llevaba mi madre en la mano y vi que, efectivamente, aparte de tener unos tonos ocres, los pétalos medio caídos y unos tallos que no goteaban nada, parte de los capullos parecían estar como húmedos, como medio mojados, con pinta de maloliente, como el lado de una manzana que se ha caído al suelo y que se ha dejado a temperatura ambiente mucho tiempo.
Me acerqué un poco a mi madre, pisando la alfombra blanca que había a los pies de la cama, y le pregunté:
—Pero, ¿cómo es que se han podrido?
—Pues porque es lo que pasa. De no usarlas —mi madre no estaba ya llorando descontroladamente, sino que seguía tan solo poniendo unas muecas extremas de dolor, y emitiendo un sonido agudo desagradable.
—¿De no usarlas?
—¡Si no les haces caso se pudren!
Yo había dejado de entender por completo la conversación.
—¿Es que no las has regado? —pregunté.
—No, es que no las ha cogido nadie. ¡Te lo estoy diciendo!
Mi madre se restregó una mano sobre la cara para secarse las lágrimas.
—Pues nada, ya está, se acabó —dijo lamentándose profundamente.
—¿Pero no podemos comprar otras?
—No.
Como mi madre ya parecía estar calmándose y había dejado de hacer esos ruidos, me di la vuelta y fui a salir lentamente de la habitación. Pero escuché que se quitaba la mano de la boca un momento y se sorbía los mocos para decir:
—Como no te des prisa, se te van a pudrir a ti también.
Y me desperté. Pero yo nunca he tenido flores en mi cuarto, ni en ninguna parte…

