Impermanencia y unidad: una lectura oriental de Lux
Rosalía no hace álbumes. Hace tesis doctorales.
Incontables horas de vídeo y miles de palabras en tinta digital se han publicado en los pocos días que llevamos con Lux en el mundo. Cuarto álbum de estudio de la cantante catalana, Lux ha generado un debate en redes que, en mi opinión, demuestra la poca altitud de miras de algunos. No creo que Lux apoye un auge del conservadurismo, ni tampoco que Rosi esté siendo cínica con el uso de la estética cristiana como disfraz de usar y tirar.
En su entrevista con Zane Lowe, Rosalía dice que si no hubiese sido cantante le habría gustado estudiar Teología en la universidad. En Twitter, alguno ha dicho que esto es una “pose”, y que igualmente podría haber dicho en su era Motomami que de no ser artista estaría estudiando una FP de Mecánica. Son muchos los que intentan, de alguna forma, tirar abajo la propuesta de Rosalía criticándola por marketiniana1 (ya ocurrió en El Mal Querer con la acusación de apropiación cultural) o reaccionaria, por supuestamente animar a las mujeres a meterse a monjas. Esto es una barbaridad.
Es cierto que, hablando de una artista firmada por Columbia Records, la paradoja arte/producto capitalista va a estar ahí, igual que lo está en cualquier otra obra comercial. “Todo es performativo de alguna forma”, dice Zane Lowe, y Rosalía concuerda con él en tanto que siempre hay algo de ficción en la persona pública que proyecta el artista.
Lux no es reaccionario porque no es cristiano, sino místico
Pero aquí vengo a defender que Lux es un noble y sincero intento de Rosalía por arrojar luz en el mundo, a través de una suerte de estudio sobre la filosofía perenne de las religiones, con una ambición universal de amor transfronterizo en la época del discurso de odio. Canta en árabe pese a que vivimos en una sociedad especialmente xenófoba y racista con el islam, y retrata inquietudes del resto de credos.
Para El País Semanal, Rosa dice:
“Para mí, hay ideas en distintas religiones en las que yo resueno. Resueno en el budismo, en el islam, en el cristianismo, en el hinduismo. […] El deseo es la base del sufrimiento. Creo que cada religión te da cosas diferentes y me interesan todas por igual”.
En la mejor review del disco que he leído, Aïda Camprubí escribe para Vogue que Lux “recoge fragmentos de los pensamientos místicos regionales, sin pretender un acuerdo global”, así como que “aquí la universalidad se entiende como lo que es, una falacia”. Es cierto que Rosalía entiende que estas historias de santas corresponden a contextos distintos, pero yo sí creo que hay una defensa de la universalidad2 que lo santifica, en tanto que apuesta por el amor incondicional frente a las emociones tóxicas que desatan los discursos antiinmigración que saturan los medios hoy. La pretensión global del disco la confirma Rosalía al decir, entrevistada en NPR:
“Si hubiera podido meter el mundo entero en una habitación, en un disco, lo habría hecho”.
Rosalía siente un gran aprecio y atracción por el misticismo, y qué es el misticismo sino una expresión de religiosidad alejada de marcos específicos, desnuda de códigos concretos, y conectada directamente con lo divino sin el filtro de una Iglesia particular.
No sería raro que Rosalía se hubiese leído la Filosofía perenne de Aldous Huxley. Igual que la filosofía perenne estudia el marco común que presentan los distintos pensamientos occidentales y orientales, Lux reposa sobre una suerte de religión perenne, en tanto que sus mensajes y sensibilidades podrían identificarse con cualquier credo; es lo común, el abrazo entre el cristiano y el musulmán. Entre el jainista y el protestante.
¿Cuál sería la tesis de Lux? Yo diría que es una propuesta de introducción de lo trascendente en la efimeridad de la cultura pop.
Sí, en la portada Rosalía está claramente referenciando a la monja cristiana, y en alguna de sus canciones se menciona al Cristo, pero Lux en sí no habla de la espiritualidad desde la óptica cristiana, sino que se sitúa en una montaña más alta aún. Esto es, el “berg” de berghain, montaña en alemán, la claridad, frente al “hain”, el bosque de significados contextuales, las distintas tradiciones y confesiones religiosas.
Esto es lo que creo que hace de verdad potente a Lux. Esta capacidad para universalizar los sentimientos que seguro bebe de la rapera M.I.A., que en sus discos ha hecho algo parecido aunque desde el prisma político en lugar del religioso.
La tesis de Lux
Rosalía no hace discos, hace tesis. Lo digo porque en la entrevista con Lowe para Apple señaló que lo que le divierte de hacer un disco es tener la oportunidad de estudiar un tema que le interesa. También por aquello de que le gustaría estudiar teología. Mas que como disco, Lux funciona como disertación sonora sobre la mística y la fe alrededor del mundo. El Mal Querer también fue una tesis sobre las posibilidades de actualización del flamenco (además literal: fue su trabajo final para graduarse en la Escuela Superior de Música de Barcelona).

En la entrevista ya mencionada, Rosalía señala que, para hacer un disco, no usa el mismo protocolo que muchos otros artistas, por el que hacen unas 50 o 60 canciones y luego eligen las mejores para el corte final. La catalana dice que ella escoge el proyecto en el que quiere trabajar (un aria, una mezcla operística, etcétera) y que sencillamente lo ejecuta. Ella no se deja llevar tanto al azar de la emoción o la mera expresión. Ella ejecuta ideas, como el que tiene que terminar su tesis doctoral sí o sí y no tiene tiempo de ir andándose por las ramas.
Se atreve a meter a Dios en un paquete de Amazon con el que iluminar a las millones de personas que la consumen. Usa la estructura del mercado capitalista para transportar una sustancia corrosiva para sus propios raíles.
Entonces, ¿cuál sería la tesis de Lux? Pues podrían ser varias, pero yo diría que es una propuesta de introducción de lo trascendente en la efimeridad de la cultura pop, como toda una hacker cultural que ha decidido ponerse el challenge de poner a escuchar música clásica a alguien que normalmente no pasa del top 20 España en Spotify. Una contradicción y una ironía, vaya. Es una troll, y al mismo tiempo una santa: se atreve a meter a Dios en un paquete de Amazon para iluminar a las millones de personas que la consumen. Usa la estructura del mercado capitalista para transportar una sustancia corrosiva para sus propios raíles.
Interpretación desde la filosofía oriental
Por nuestro contexto, somos capaces de entender más fácilmente las referencias cristianas de Lux, o de interpretarlo al completo desde el prisma católico. Sin embargo, me suscita especial interés analizar Lux desde un punto de vista más oriental, ya que el budismo o el tao tienen una cosmovisión bastante distinta, y estamos menos acostumbrados a pensar en estos términos. Incluso menos que a pensar sobre el islam, dada la herencia musulmán de España.
La visión oriental o budista de lo místico suele cumplir los siguientes puntos:
Consciencia de la impermanencia de los seres y las cosas: no somos sujetos fijos, sino polvo que se hace carne y carne que se hace polvo.
Unidad sobre la dualidad: aunque se acepta que la dualidad es la forma habitual de entender el mundo al principio, todo ser elevado acaba por abrazar la no-dualidad, que alcanza su máxima expresión en el Advaita Vedanta. No hay bien sin mal. Ying yang.
Presencia y no-acción: budismo o taoísmo coinciden en un camino de fluidez en el que, a menudo, actuar acaba alterando el orden natural de las cosas. En su lugar, se valora la cesación de los deseos para estar en paz con el momento presente.
En el corpus de Lux, hay mensajes de sobra que demuestran una presencia de lo oriental en la visión de Rosalía. El momento en el que la escuché decirle a Zane Lowe que para ser feliz hay que desear menos me convenció de ello.
Reforzó mi argumento todavía más el hecho de que este lunes, cuando la artista visitó La Revuelta, entrase al escenario un hombre disfrazado de gurú xiaolin que saludó a Broncano con un Namasté y le soltó: “La caña se dobla, no se rompe”. Esta píldora de sabiduría exótica llevó a Broncano y a Rosalía a una misma intuición de lo común. Rosalía dijo:
“Esta es como la de Camarón, que cantaba ‘yo seré como la mimbre, que la bambolea el aire pero se mantiene firme’”.
A lo que el presentador respondió: “Es el mismo concepto, un concepto oriental, pero llevado a Cádiz”. Detrás de la broma, la filosofía perenne, que Rosalía resume, no sé si a posta o no, concluyendo: “Es que en realidad que bonito es ver que todos hablamos de lo mismo, solo que de maneras diferentes”.
Para empezar, hay que entender Lux como un disco de presente continuo en el que deja de haber pasado y futuro. Rosalía no quiso usar loops (los bloques de ritmo o sonido que se repiten, usados en todas las canciones que escuchamos). No hay repeticiones. La base orquestal hace que cada nota sea una expresión única, incluso en los estribillos o puentes.

Además, Rosalía da la máxima importancia a la respiración, iniciando el disco con una percibible inspiración, dejada ahí con intención. La respiración es el nexo con el presente que es piedra angular de la meditación o el yoga. Dice Rosalía en NPR:
“Al fin y al cabo, la respiración, ahí es donde todo comienza. Por eso, al principio del álbum, después de esa introducción de piano, el comienzo es una respiración”.
Sexo, Violencia y Llantas inicia la historia exponiendo los brillos del samsara: los estimulantes elementos que nos llevan al límite y nos mantienen encadenados al suelo. Las llantas pueden ser incluso las que ella misma gastaba en Motomami, su álbum más terrenal hasta la fecha, aunque también haya presencia de Dios en él y, sobre todo, de la impermanencia por la transformación constante. El capullo que se convierte en mariposa.
En Reliquia, aunque vemos también el valor cristiano de regalar el amor que uno tiene cuando canta “Pero mi corazón nunca ha sido mío, yo siempre lo doy”, Rosalía también deja ver que lo terrenal es una ilusión, una ficción, y a su vez un ciclo inescapable:
Somos delfines saltando, saliendo y entrando
En el aro escarlata y brillante del tiempo
Es solo un momento, es solo un momento
Mar eterno y bravo, la eterna canción
Ni tiene salida ni tiene mi perdón
Ese mar eterno y bravo, esa eterna canción, no es otra cosa que el samsara, la rueda que gira sin cesar, de la que no obstante Rosalía es capaz de entrar y salir como un delfín saltando en el agua, consciente de la falsedaz del tiempo. No puede escapar del mar, pero sabe que encima de él está el cielo.
Luego, en Divinize, la cantante se proyecta como un recipiente de la divinidad, un filtro capaz de captar las señales superiores e irradiarlas al exterior. “Outside me, inside me” (Fuera de mí, dentro de mí). La separación interior/exterior se difumina. Como en el budismo y en el tao, el ser se convierte en expresión de la naturaleza.
Avanzando al cuarto corte del disco, Porcelana, Rosalía dice:
En tu lore falta viaje
Pero a ti te sobra equipaje
No hay nada más budista que decirle al viajero, esto es, al aspirante a practicante del camino espiritual, que debe desprenderse de sus apegos, de sus deseos, de sus encaprichamientos o aferramientos con posesiones materiales o relaciones personales. Cuanto mas equipaje se suelte, con mas ligereza se puede emprender el vuelo.
“I know that in a way that you’re scared, scared, scared, scared, scared, scared, scared” rapea Dougie F. Rosalía sabe que, para la mayoría de gente, poner esto en práctica resulta aterrador. “Soy la reina del caos”, rapea Rosalía en japonés, y es que para construir, a menudo hay que destruir antes. El budismo también defiende no tenerle miedo a esa destrucción, ya que todo está en constante cambio, y tampoco el ser es algo inamovible. Perderse puede ser esencial para transformarse. También en Sakura (Motomami), Rosalía mostraba su respeto por el caos al declarar “El fuego es bonito porque todo lo rompe”.
En Berghain, el (único) single de Lux, Rosalía hace una de las reflexiones más claras y poéticas sobre el concepto clave de impermanencia. La catalana se compara directamente con terrón de azúcar, algo que podría decirse bello por su blancura y su agradable sabor dulce. Algo que, sin embargo, para poder disfrutarse tendrá que sufrir su propia destrucción: su disolución en el café hirviente. El terrón de azúcar deja de existir, desaparece, como lo hacemos todos. Canta así:
Solo soy un terrón de azúcar
Sé que me funde el calor
Sé desaparecer
Cuando tú vienes es cuando me voy
Aquí tengo que decir que en Sakura, la canción que cierra su anterior disco, Motomami, Rosalía ya se declaró consciente de lo impermanente reflexionando entonces sobre la fama. “Flor de sakura, ser una popstar nunca te dura”, cantaba.
Pese a esta sensibilidad sobre la naturaleza perecedera, un rasgo más cristiano de la canción llega cuando Björk canta: “La única forma de la que seré salvada es mediante una intervención divina”. La salvación mediante la intervención de Dios. Una perspectiva oriental probablemente diría que en realidad no hay nadie a quien salvar, ya que el yo no es real.
Después viene La perla, la canción más juguetona y asequible del disco, que parece ser una crítica a las exparejas de la cantante. Destaco aquí simplemente el nombre de la canción, por lo irónico de referirse a una persona mala o indeseable como una “perla”, y es que incluso de las peores personas pueden extrarse aprendizajes, o “perlas” que contribuyan con nuestro camino espiritual. “Él es el centro del mundo”, le afea Rosalía a ese desamor denunciando así el egocentrismo, el mayor pecado del budismo, podría decirse.
En Mundo Nuevo, dice Rosalía que le gustaría renegar del mundo, “por ver si en un mundo nuevo yo encontraba más verdad”, con lo que reconoce la falsedad del mundo terrenal, la falsedad de la dimensión samsárica de la existencia.
En La Yugular, Rosalía pone de manifiesto la infinitud de un ser amado, al decir que “un continente no cabe en Él, pero Él cabe en mi pecho”. Es una idea bastante universal, pero luego, en las últimas frases que son una grabación de Patti Smith, la estadounidense dice que no basta una puerta para entrar al cielo, sino que harían falta millones.
Una puerta no basta.
Un millón de puertas no bastan.
Esto puede entenderse como la imposibilidad de alcanzar a Dios, o como referencia a los miles de caminos distintos que intentan conducir al mismo sitio, a Dios, siendo cada puerta una religión distinta.
La renuncia a las posesiones materiales en Sauvignon Blanc también es un mensaje bastante general, en tanto que santos de distintas confesiones coinciden en el desprendimiento de los bienes terrenales. No deja de ser, de todos modos, una idea muy budista la de:
Sé que mi paz yo me ganaré
Cuando no quede na’, nada que perder
Y es que es cuando uno no tiene nada a su cargo, nada que perder, ninguna responsabilidad mundana, es cuando puede ser realmente libre.
Ya no quiero perlas ni caviar
Tu amor será mi capital
Mis Jimmy Choo yo las tiraré
Mi porcelana la dejaré caer
La catalana desprecia los mismos bienes materiales de los que otros cantantes de música urbana presumen en sus letras. Tampoco teme la rotura de su porcelana, consciente de que ni lo mas bello es inquebrantable ni puede durar para siempre.
En La rumba del perdón, Rosalía muestra su lado más taoísta, al criticar a alguien achacándole: “Has querido más de lo que Dios te ha querido dar”. Los taoístas afean a cualquiera con una ambición desmedida, que se interponga a la corriente del río interrumpiendo la paz por conseguir sus deseos egoístas.
En Como un G, de Motomami, Rosalía compartía un pensamiento similar:
Si no lo puedes tener, mejor déjalo ir
Qué pena cuando quieres algo pero Dios tiene otros planes pa’ ti
Es decir, mejor dejar ir aquello que se escapa, porque no hay que aferrarse a nada, porque hay que saber soltar, porque no hay que desear poseer.
Y llegamos al final con Magnolias, la preciosa canción final en la que Rosalía, reflexionando sobre lo que sería su propio entierro, defiende una visión más hinduista de la ceremonia, por la que invita a los asistentes a celebrar en lugar de llorar. No es que los hinduistas no sientan tristeza por la partida de alguien, pero sí que comprenden con mayor rapidez que la muerte es parte de la vida y que no es motivo de pena, ya que simboliza el cumplimiento del ciclo natural.
Dios desciende y yo asciendo
Nos encontramos en el medio
[…]
Yo que vengo de las estrellas
Hoy me convierto en polvo
Pa’ volver con ellas
Rosalía defiende así la aceptación de su propia muerte, algo imprescindible para el budista, que no le teme a dejar de ser en su forma actual al igual que un día empezó a ser en dicha forma, y que ahora debe pasar a tomar otra, transformándose. Además, al decir que ella asciende y Dios desciende podemos entender un nexo entre el ser y Dios, ya que Dios es el mismo ser y el mismo ser es Dios. La no-dualidad.
Un apunte sobre el vacío
Pero, tras exponer todas esas afinidades con lo oriental, hay que decir que tal vez esta declaración de Rosalía en Radio Noia suponga uno de los mayores distanciamientos con lo búdico.
“Me he pasado toda la vida con esta sensación de vacío. A veces crees que puedes llenarlo con algo material o con una relación, pero quizá ese espacio es el espacio de Dios, el de una divinidad. Igual Dios es el único que lo puede llenar”.
La idea de un amor de Dios que inunda el interior sí que es algo más cristiano, en tanto que el budismo es un sistema conciliado con la idea de vacío. El budismo reconoce en la vacuidad la ausencia de algo fijo. El ser humano, existente por un plazo limitado de tiempo que al terminar se descompone, también está en cierta forma vacío.
No es un vacío nihilista, sino la idea de que en realidad nada tiene que entrar en nosotros; en nosotros está ya el infinito, y el infinito se convierte en finito para hacernos nacer. Por tanto, no puede haber sensación de vacío porque en realidad no hay hueco que llenar, sino un vacío infinito que ya está lleno de su infinitud.
Éxito global
El capital cultural es hoy igual de valioso que el material, y por ello Lux arrasa en números pese a que muchos predecían una debacle en los charts por el carácter poco comercial de la música, pese al empaquetado perfectamente industrial.
En la actualidad, no nos interesa tanto consumir un producto sino hacer saber a los demás que lo estamos disfrutando. Un disco de Rosalía es como una película de Almodóvar. Mucha gente a la que no le gusta, dirá aun así que le ha encantado, solo para no quedarse atrás y demostrar a los demás que posee la riqueza cultural necesaria para apreciarlo.
Si no te gustan los aspectos clásicos u orquestales porque te gusta más Bad Bunny o Rihanna no pasa absolutamente nada, pero habrá muchos que quieran pretender una afinación con este trabajo solo por posicionarse a la vanguardia en una story de Instagram. No me extraña que el disco sea un éxito en ventas pese a lo experimental. Tampoco me extraña que, aparte de todo el postureo, haya una enorme cantidad de personas que vean su sed saciada ante un panorama musical, por lo general, completamente carente de profundidad.
De hecho, la dirección de arte de Lux corre a cargo de Special Offer Inc., el mismo estudio creativo detrás de Brat de Charli XCX. Esto es algo que puede notarse por la similitud entre las estéticas de los lyric videos de Lux y Brat. Podría decirse que ambos discos son totalmente opuestos, (el nihilismo cocainómano de Brat frente a la pulsión divina de Lux), sin embargo, un mismo estudio es capaz de vender ambos productos sin problema.
“Mi arte favorito es aquel donde la línea entre lo personal y lo universal se difumina un poco”. Rosalía en NPR.











Estoy bastante de acuerdo con lo que dices. Alberto. Además, ya conocemos la tradición de este país de echar por tierra todo lo que huele a éxito, mientras que solo solemos consumir aquello que viene avalado por la masa. El problema que yo tengo con Rosalía es que soy oyente de artistas, no de discos. Me resulta imposible evaluar un álbum de forma aislada sin tener en cuenta el resto de la trayectoria del artista.
Si me limitara únicamente a Lux, diría que es un disco brillante. No es que haya descubierto la pólvora, claro; son muy evidentes las alusiones constantes a Prince —desde la portada del álbum anterior hasta esa introducción de elementos místico-religiosos, no necesariamente cristianos— y, por supuesto, a Björk, a quien recomendaría escuchar a todos aquellos que alaban este disco sin mesura sin haber oído una nota de la islandesa.
Pero el problema es que antes de Lux viene Motomami, y yo, en cuanto llego a un tema como “CHICKEN TERIYAKI”, salgo corriendo. No puedo concebir algo más ajeno a mis parámetros musicales. Después de escuchar ese y otros temas similares que jalonan su, de momento, corta discografía, me resulta imposible analizar Lux de forma completamente independiente. Su obra anterior condiciona demasiado mi percepción.
Tengo este presentimiento de que Rosalía se escuchó a Dimash. Este album simplemente tiene tantos guiños a the story of one sky. Sin mencionar lo del canto lírico, elementos barrocos, múltiples idiomas... curioso. Eso sí, la espiritualidad de Dimash lo llevo a una ética, a un activismo social, espero que Rosalía se animé.